¿Cómo es el vino de Navarra?

Javier Luengo (@JavierGuiaPenin)

La vid y el pueblo de Navarra tienen una íntima relación que se remonta siglos atrás. Su estratégica ubicación como una de las vías de entrada a la península ibérica desde Europa la convirtió en un lugar transitado por comerciantes de todos los rincones, nacionalidades y culturas, lo que permitió la entrada de variedades de fuera y el desarrollo de un intenso comercio vitícola. Las órdenes religiosas, como los benedictinos a través de sus monasterios, también contribuyeron en gran medida al desarrollo de la vid en todo el entorno.

Monasterio benedictino de Irache

La viña ha tenido siempre una gran importancia entre los navarros, de una forma u otra gran parte de sus familias han estado relacionadas con la viña, ya sea directamente o indirectamente, bien porque se dedicaban profesionalmente a ello, bien porque poseían una pequeña viña heredada de algún familiar. En nuestra última visita a Olite, una de las principales arterias del vino navarro donde se encuentra la sede del Consejo Regulador de la denominación de Origen Navarra tuvimos oportunidad de catar las últimas añadas de sus embotellados: más de 350 vinos, entre tintos, rosados, blancos y dulces, todos ellos accesibles desde hoy a través de nuestra suscripción online a la Guía Peñín 2020.

Estos viajes de cata de la Guía Peñín siempre resultan interesantes porque, aunque al consumidor no se lo parezca, las regiones vinícolas de España se van moviendo con el tiempo. Son cambios mínimos poco visibles si se prueban sus vinos de forma aislada, tal y como haríamos como consumidores normales. Sin embargo, en conjunto sus vinos marcan una trayectoria, una tendencia.

Entonces, ¿qué está sucediendo a día de hoy en los vinos de Navarra?

Navarra cuenta con un argumentario vitícola muy interesante. A nivel productor y comercializador, podemos decir que una parte importante de su pirámide productiva está volcada en la elaboración de vinos de corte comercial. No se alarmen, es lo habitual en zonas vitícolas con amplias extensiones de viñedo. Los vinos comerciales son la inyección monetaria que muchas bodegas buscan en cada nueva añada y también la forma más rápida de dar salida al gran volumen de kilos obtenido en cada cosecha.

Estos vinos que aquí mencionamos son vinos fáciles de beber, de los que llamamos de iniciación, porque son muy frutales, frescos y sencillos, ligeros en boca en muchos casos, pero agradables. Muchos los podemos encontrar en los lineales de las grandes superficies a precios que oscilan entre los 2,5 euros y los 5 cada botella o en tabernas de media España, donde se sirven para el chateo. Estos vinos se encuentran puntuados entre 82 y 87 puntos y, en esta última visita, más de 170 vinos se quedaron en este rango de puntuación, lo que supone el 50% de los vinos evaluados.

Si continuamos ascendiendo, el siguiente escalón lo encontramos en vinos que van un poco más allá, donde el equilibrio es una constante, con bocas más sápidas y, en algunos casos, donde se representa la zona y variedad. Los precios siguen siendo muy económicos, entre los 8,4 euros de media, y su valoración se encuentra entre los 88 y 89 puntos. Estos vinos representan el 31% del grueso de catas de este año y son una vía más placentera de acercarse al universo navarro.

Así pues, tenemos un 81% de vinos de una región vinícola que, siendo correctos, se alejan de los estándares de máxima calidad, que a fin de cuentas son los que construyen la imagen de prestigio de una zona.

Nos queda un 19% de vinos, cuyo compromiso con la zona va más allá, y en estos nos vamos a centrar en las siguientes líneas.

En Navarra, a día de hoy existen dos vías para acercarse a la virtud y a la excelencia, y las dos dignas de elogio. Por un lado, tenemos los vinos serios, corpulentos, con largas crianzas y variedades “tradicionales” de la época de 1990. Aquí el cabernet sauvignon, el merlot y también el tempranillo juegan un papel muy importante. Estos vinos se acercan al estilo bordelés, no sólo por el uso de estas variedades francesas (obviamente sin incluir al tempranillo), sino también por la forma en que la barrica se usa en su elaboración. Nos encontramos con vinos concebidos para aguantar en botella, con carnosidad, taninos bien presentes y con una riqueza de matices terciarios fruto de su crianza en barrica y botella.

Pago Larrainzar es un buen ejemplo de esta línea. Esta pequeña bodega perteneciente a la familia Larrainzar, con el empresario pamplonés Miguel Canalejo a la cabeza junto a sus hijos Miguel e Irene Canalejo, se encuentra en la subzona de Estella, en la franja occidental de Navarra. A los mandos de la enología, cuenta con Igor Crespo y el asesoramiento del enólogo volante Ignacio de Miguel. Sus vinos, aunque a ellos no les convence la idea, parecen inspirados en los clásicos de Burdeos. De hecho, su viñedo, trece hectáreas plantadas sobre piedras y cantos, arcilla y arena, está rodeado por un muro de piedra, como muchos otros viñedos memorables de Burdeos. Su enólogo nos comenta que el muro protege al pago de la entrada niebla y que, por tanto, les ayuda a la hora de mantener sanas sus uvas.

Igor Crespo, enólogo de Pago de Larrainzar

La finura es una tendencia en sus elaboraciones, y el embotellado final de sus vinos de ensamblaje obedece a un criterio puramente organoléptico, buscando que el estilo de la casa esté siempre presente. En nuestra visita a la bodega, pudimos hacer una pequeña cata vertical de uno de sus vinos más emblemáticos, Pago de Larrainzar Reserva Especial. A través de las cosechas 2015, 2014, 2011, 2010 y 2009, pudimos ver cómo, más allá de un estilo serio, de vino complejo, frutal pero sin excesos, y de viva acidez, los vinos recogen a la perfección los rasgos climáticos de cada año. En esta casa, no se les encoge la mano a la hora de retirar uva si observan que el año se presenta complicado para la maduración de todos sus racimos, y es así como consiguen que aun representando el año climático los vinos no convivan entre radicalismos: el año más cálido está ligeramente más maduro y sápido, y el más fresco, sutilmente más tímido en sus inicios y con un nervio vivo que lo hará ir ganando confianza conforme pase el tiempo. 2009 y 2010 resultaron vibrantes en copa, vivos, sin atisbos de vejez por ninguna parte y con una vida por delante larga y duradera. Existen otras muchas bodegas que siguen esta línea de trabajo como es el caso de las Bodegas Chivite u Otazu, por citar más ejemplos.

La otra forma de buscar la máxima expresión es la que obedece a una mezcla entre la historia y la modernidad. La uva garnacha fue tiempo atrás la gran variedad del viñedo navarro y, como en muchas otras zonas, fue arrancada para sustituirlas por variedades más comerciales y reconocidas, como es el caso del cabernet y merlot antes mencionados. Algunas bodegas jóvenes se han metido de lleno en la recuperación de esta uva, hoy icónica y antes infravalorada. Domaines Lupier, de los que ya hemos escrito con anterioridad, son el mejor ejemplo de lo que una garnacha navarra es capaz de dar. Con su Terroir han marcado un cielo casi inalcanzable para el resto de productores de su tierra pero que sirve como referencia y ejemplo para otros muchos que quieren contribuir en el prestigio del vino de navarra con mayúsculas. Y es que Navarra también tiene su hueco en la gloria de los grandes vinos del mundo. Bodegas y Viñedos Santa Cruz de Artazu, perteneciente a Artadi y, por tanto, responsabilidad de una de las grandes personalidades del vino español en el mundo, Juan Carlos López de Lacalle, son sin duda otro gran estandarte garnachero del vino de Navarra a día de hoy.

Estos trabajos buscan vinos que recuperen la tradición local de la garnacha, la que reinaba en el pasado, pero se acercan a los gustos más actuales y demandados a día de hoy. Vinos donde la fruta sea protagonista, donde la variedad luzca como un faro y donde la representatividad del terreno este presente en el embotellado. Estas cualidades no son exclusivas de estos elaboradores de prestigio, ya que también otros jóvenes han querido rendir homenaje al terruño buscando embotellarlo, pero a través de otras variedades.

La bodega Azul y Garanza es un claro ejemplo de ello. Esta bodega lleva años peleando por abrirse un hueco en un lugar tan inhóspito como mágico, el desierto de las Bardenas Reales. Allí, los hermanos Fernando y María Barrea y su socio y amigo Dani Sánchez Nogué hacen lo que nunca antes se había hecho en la zona. Estamos acostumbrados a escuchar historias de recuperación de viñedos centenarios, viñas olvidadas y rescatadas por un valiente, pero es menos habitual escuchar que alguien llegue a una zona nunca antes poblada por viña y que, con empeño y determinación, consiga ensalzarla como un valor. Así le ha ocurrido a esta pequeña bodega, que se decidió a plantar vid a la entrada al desierto de las Bardenas, un terreno dedicado sólo al pastoreo y al cultivo de cereal.

Suelos arenosos en las Bardenas Reales

Ninguno de estos ingredientes parecen perfectos para conseguir un gran vino y, sin embargo, esta bodega lo ha conseguido a base de centrar su trabajo en crear una biodiversidad casi perdida en la zona. Para ello, cultivaron no solo sus viñas, sino alimentaron el entorno de hierbas silvestres y equiparon el entorno para que los insectos pudieran anidar próximos a sus viñas. Hasta un hotel para insectos pudimos ver en nuestra reciente visita y no estoy de broma. Sobre un suelo de arenisca que complica y de qué manera la posibilidad de retener el agua, se ven en la necesidad de apoyar sus plantaciones con riego por goteo. Todo esto no ha impedido que uno de sus vinos, Desierto, se haya colado este año entre los grandes de Navarra, un vino que recoge la madurez del entorno pero con una inusual frescura y acidez, que la aporta las noches frías de su paraje y el constante viento frío y seco del entorno. La bodega trabaja con cabernet sauvignon, merlot, graciano y garnacha tinta y blanca y viura y ha sabido crear un equilibrio entre su gama de vinos de corte más sencillo y su línea más emblemática, algo que no siempre ocurre entre las bodegas.

Fernando Barrea, de Azul y Garanza

El Rosado de Navarra

Hablar de rosados es hablar de Navarra. Pocas zonas en España, salvo Cigales y Utiel-Requena, han sido capaces de identificarse tan estrechamente con esta tipología de vinos. Los rosados de este 2018 han sido excelentes, están llenos de fruta y son muy refrescantes, el año ayudó para ello con abundantes lluvias y un otoño soleado y seco. Los vinos gozan de buenas puntuaciones, sin embargo echamos en falta algo: ¿Por qué no se apuesta con más determinación por estos vinos? Estamos habituados a oír hablar de las grandezas de los rosados de la Provenza francesa, vinos icónicos, con capacidad de envejecimiento en botella y no relegados al consumo durante el año. Navarra tiene la capacidad de convertirse en la Provenza española con rosados bien diferentes, con más color que sus vecinos franceses, pero también con capacidad de guarda.

Chivite se dio cuenta de esto hace muchos años e hizo un rosado sublime, pálido, pero único. Hablamos de su Chivite Colección 125 que pasó por primera vez por nuestra mesa de cata con la cosecha 2004 (92 puntos Guía Peñín 2009). Se trata de una viva demostración de que el vino rosado no es para nada un producto menor. En la misma línea, encontramos más ejemplos como La Huella de Aitana, de Gonzalo Celayeta Wines, un rosado esplendoroso, este sí, con un color más fiel al estilo navarro o el Príncipe de Viana Edición Rosa, Pago de Cirsus Rosé Gran Cuvée Especial o el siempre vivaz Inurrieta Mediodía. Tienen por delante una apasionante línea de trabajo que les permitan superar sus fronteras con esta tipología de vinos, cuyo consumo, dicho sea paso, mejora año a año.

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