El vino global, en busca del sabor original

Javier Luengo (@JavierGuiaPeñin)

– ¡Huele este vino! ¡Qué maravilla, me recuerda tanto al aroma que desprende un bosque gallego! ¿Eucalipto?

– ¿Qué me dices de este otro?

– Me juego lo que quieras a que es un vino mediterráneo, tiene su característico aroma y además la boca lo confirma.

- A ver si aciertas este otro…..

Agitas la copa, olfateas, analizas, descartas, vuelves a analizar, te entran sudores fríos, te quedas atrapado en un laberinto sin salida, para finalmente reconocer que no sabes de dónde es, que te recuerda a un… pero con algo diferente. Aunque esta situación puede deberse a una falta de conocimiento y experiencia por parte de quien está catando el vino, si el examinado es bueno en las artes de la organoleptia  también puede que se encuentre frente a un omnipresente vino global. Pero ¿qué es un vino global?.

No es difícil entender el concepto de vino global en el contexto adecuado. Buena parte de los lectores que han caído en este artículo serán personas viajadas. ¿Cuándo fue la última vez que tomaron un avión para visitar un país extranjero? ¿Fue para viajar a Europa o América? Qué mejor manera de disfrutar de un nuevo país, una nueva cultura, que introducirse en sus sabores. Sin embargo que complicado resulta a veces encontrarlos. ¡Maldición! te dices. ¿Dónde debo comer? ¿me tomo el café allí? ¿Esta cerveza será local? Con lo que seguro que no fallo es con el vino, ¿qué puede haber más propio que la uva que ha crecido en esta tierra extraña para mí?.

¡Lamentable error!

Tú que te las creías todas contigo al centrarte en el vino y que sin saberlo has pedido este tan puramente español, tan puramente de la zona productora que indica su etiqueta, cuyo sabor es indudablemente único, especial  y tan singular que no te recuerda a nada en particular. Huele a vino sí, pero a un vino del mundo, a un vino de aquí y de allí, con algo de esto y poco de aquello, acidez, fruta, algo de roble, cierta astringencia. Se trata de una sensación tan común en el mundo del vino como preocupante. Es cierto que cada vez se hacen mejores vinos, mejores al menos en cuanto a los conceptos más básicos del vino alcohol, acidez y fruta, carentes de defecto alguno, pero carentes también de identidad. Lo más probable es que este hecho pase de largo en una buena parte de consumidores, habituados al consumo rápido, a la ingesta sin análisis, al café de Starbucks, a la hamburguesa de la marca ACME o a la pizza de masa fina, que es la más fiel al estilo de Italia. Llevamos tantos años buceando en la globalidad que hace tiempo que hemos perdido el sabor original. Aún nos sorprendemos cuando un tomate sabe tomate, y ya ni hablamos si huele a tomate. ¿A qué sabe un tomate? ¿A qué sabe Rioja? ¿Cómo ha de saber el pollo? ¿Cómo es la albariño?

¿Quién tiene la culpa de todo esto?

Son muchos los motivos que nos han llevado aquí. Hay grandes escritores e historiadores que con sus profundos análisis nos muestran la concatenación de sucesos que nos han llevado a ser lo que somos. La lectura por ejemplo de la Historia Corta del siglo XX de Eric Hobsbawm, sin duda nos llevará a comprender la época que nos ha tocado vivir. La globalización, el consumo por el hecho de consumir, la escasez de tiempo y la tecnología son sin duda los grandes responsables.

La tecnología, la solución a todos nuestros males

En el mercado global existen millones de bocas que alimentar, cada vez más, por lo que la industria agroalimentaria ha tenido que desarrollar su capacidad al máximo para poder abastecernos a todos y para ello se ha tenido que apoyar en la tecnología. Agricultura hidropónica, alimentos transgénicos, modificaciones del adn de las plantas para que sean más resistentes a la sequía, más productivas, más fáciles trabajar, más rentables, más mejor. En los vinos, tres cuartos de lo mismo, existen productos enológicos para todo, para aportar más acidez, para resaltar determinados aromas, para ofrecer más untuosidad en boca, para alcanzar mayor estructura, para disminuir la sensación alcohólica y un largo etcétera. Elementos que resaltan la frutosidad de los vinos, máquinas que aportan más oxígeno en pequeñas dosis para estabilizar el color, compuestos que estabilizan mejor, que filtran mejor y que además ahorran costes. Todo para que por un 1,8 puedas tomarte un vino correcto, porque correcto es, porque no tiene tacha, ni por fruta, ni por equilibrio, ni por estructura……pero claro, este vino es de aquí, de allí y del más allá, es un vino global, firmado en parte por una máquina. Poco importa para la gran industria, pues como decía antes existen millones de bocas que alimentar. Los paladares más sensibles se han cansado ya de tanto glutamato monosódico y han empezado a buscar el sabor original, a buscar el vino original. Así es que poco a poco vemos como van naciendo nuevas bodegas que buscan ofrecer lo propio, su historia, sus variedades, su cultura. Vinos de pueblo, cercanos a la cultura local por naturaleza y alejados de la globalidad. Curiosamente son estos vinos los que están llegando a calar en el comercio internacional y están dando un vuelco a los valores “globales”. Algo bonito se está gestando en los últimos años. Los vinos globales seguirán estando ahí, y aunque parezca contradictorio se apoyarán en el trabajo de los vinos más locales para impulsar sus ventas.

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