Blues, folk y otros vinos con terruño

Javier Luengo (@JavierGuiaPenin)

Suena Tangled up in blue de Bob Dylan mientras escribo estas líneas. Qué grande es el folk cuando se muestra directo y sin más adornos que la autenticidad del entorno y de sus influencias musicales más locales. Es curioso, pero lo mismo sucede con el vino, es más grande e inmortal cuanto más se acerca a la autenticidad de su entorno.

Como si de vidas paralelas se tratase, en el vino conviven diferentes géneros musicales que aunque compartan pentagrama, léase uvas, su finalidad y sus aspiraciones son completamente diferentes. El vino está lleno de géneros musicales más comerciales, que buscan un consumo rápido, irreflexivo y anodino. El fast food musical y vínico es una realidad incuestionable. En Guía Peñín estamos más que acostumbrados a catar, puntuar y describir vinos que aunque están elaborados correctamente, su aporte a la historia del vino es prácticamente nula. Su  olor y sabor se acumula en la pila de vinos corrientes, de melodías fáciles y estribillos pegadizos. Hasta que, de repente, en medio de la tediosa cata de vinos sin personalidad aparece algo diferente, una canción que sabes que tiene algo detrás, una historia, unas raíces y un profundo vínculo con su entorno.

Escuchas la música con satisfacción y notas como te revuelve de tu asiento, sabes que tienes algo grande entre las manos. Así es como llegan en nuestras sesiones de cata los grandes vinos, aquellos que alcanzan las más altas puntuaciones, y que por suerte tendrán ocasión de conocer si asisten al Salón de los Mejores vinos de España que estamos a punto de realizar. Los dos géneros son vinos, los dos líquidos son música, pero la diferencia entre ambos es abismal. ¿Cómo puede conseguir un bodeguero dar ese salto de lo conformista e impersonal a lo singular y diferenciador?

A todo buen productor le gustaría ser Bob Dylan o sentirse como Jimmi Page tocando el solo de la psicodélica Whole Lotta Love, pero, lamentablemente, solo hay un Dylan, como solo hay un Page, y suerte que así sea. El camino para ser un buen compositor, léase productor, pasa por ofrecer algo auténtico, y esa autenticidad sólo se consigue si eres capaz de contar tu historia a través del vino, ¿o quise decir canción?

Desde hace años -29 lleva esta casa prescribiendo el vino español-, anunciamos  la sustancial mejora de la calidad media del vino español. Y así es. Asimilada y desarrollada la etapa de la tecnificación del vino, ya no existen vinos defectuosos. Como si de un estudio de grabación se tratase, los vinos son sometidos a constantes retoques, efectos de sonido que enmascaran su auténtica voz, impidiéndoles ir más allá, sabedores de que sin la posproducción el vino no llegará a ser escuchado por el gran público.

Pero no todo queda aquí,  show must go on” que decía Freddie Mercury, y mientras las radios nos saturan los oídos con música precocinada, los rincones de la ciudad reciben a jóvenes músicos, con los oídos bien empapados por las elaboraciones de los más grandes, con ganas de entrar en escena. Cuanto más han escuchado, mejor interpretan su posición en el mercado. Cuanto más han catado y viajado más consistencia aportan a su creación.

La música nace de la calle como el vino del campo, y ese es el punto de mayor desarrollo en los últimos años. Los jóvenes se arremangan, se manchan los pies y manos y se apoyan en el saber de los más viejos, conocedores como nadie de su entorno. Esa unión generacional y cultural entre el viticultor de siempre y el joven sin prejuicios esta ya arrojando grandes resultados, como están demostrando aquellos productores que no van con la verdad debajo del brazo y se permiten escuchar la opinión de quien conoce sus parcelas.

Jimmi Page en medio de una actuación

La diferencia está en que tras escuchar y analizar las tierras aportan su frescura y conocimiento a las viñas, compartiendo los valores positivos que tienen, tanto el mayor por su experiencia, como el joven por su energía y formación. Estamos, por tanto, en una época trascendental para el vino español. De las iniciativas aisladas y decididas de unos pocos productores, estamos pasando una proliferación de grandes trabajos pensados para llegar también al gran público. El futuro debería unirlos para que todos juntos sean capaces de llegar a más gente, y ya no sólo toquen en pequeños bares y ante un reducido y selecto grupo de melómanos, sino que su voz sea aceptada e interpretada por los consumidores menos especializados, por el gran público, el único que puede llevar el vino a lo más alto de los rankings musicales.

Romper la barrera y pasar de las minorías al gran público

El gran público no está para nada reñido con la excelencia. Quizás no todos los seguidores de Led Zeppelin hayan caído en la cuenta de que antes fueron los Yardbirds, grandes igualmente, más desconocidos y, quizá para algunos, más valiosos por el hecho de ser más exclusivos o minoritarios. Sin embargo, sólo aquellos que mediante un estilo propio y personal supieron tocar la fibra del gran público, llegaron a alcanzar la inmortalidad. Y no solo eso, sino que sirvieron de ejemplo para que otros elaboradores siguiesen su estela y aprendiesen a bucear en sus propias raíces, en sus terruños, para contribuir en la industria con sus propios vinos. Así es como llegamos a las vanguardias musicales, capaces de utilizar las nuevas tecnologías para hacer valer un estilo musical propio. Estas nuevas figuras no reniegan de los efectos de sonido, de los sintetizadores si me apuran, siempre y cuando no interfieran en su esencia musical. Cuanto antes entendamos que la música de ayer y de hoy se escribe así, mejor nos irá.

Pink Floyd, uno de los primeros grupos incorporar el sintetizador en la música moderna

Quién sabe si con esto, dentro de poco, llegaremos a ver el nacimiento de nuevos estilos musicales, estilos que aunque beban de la influencia del blues primigenio o del folk más austero, representen la modernidad más rupturista, generando con su onda expansiva una ola de cambio y diferenciación en otros muchos productores. Se me ocurren muchos ejemplos, muchos excelentes pintores minimalistas que bebieron de los clásicos antes de aportar su visión personal y rupturista. Tomemos nota.

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