Madre Nº3 Casa Valero, Vino Revelación 2019

No ha sido fácil tomar la decisión, pero ya tenemos el Vino Revelación de la Guía Peñín 2019, un vino que recupera los vinos anónimos de pequeñas familias, vinos rancios hechos por particulares para tomar en ocasiones especiales, esta es la historia de Madre Nº3 Casa Valero.

Siempre hemos creído que el primer acercamiento a un nuevo vino has de hacerlo completamente virgen, sin conocer la historia que hay detrás de él. El vino, si es especial, se encargará de brillar por sí mismo en el momento de la cata.

Sucede que en muchas ocasiones, mientras recorremos la geografía española para poder catar y acercarles las nuevas cosechas y marcas que van saliendo al mercado a través de la Guía Peñín, aparecen vinos que, sin saber por qué, te hacen sentir algo especial. Estos vinos, de cuya trayectoria no estamos al corriente, nos sacuden de tal forma, que al final de la sesión de cata, además del dibujo de la añada y de la impresión general de lo catado en ese momento específico, se quedan flotando en la mente del catador un pequeño grupo de vinos sobre los cuales te gustaría saber más.

Así ha sucedido con los nuevos vinos de La Calandria, un proyecto todavía joven que arrancó con la cosecha 2008 y del cual conocíamos sus elaboraciones a base de garnacha en vinos como Tierga, su primera elaboración, o Volandera, Sonrojo y Cientruenos. Sin embargo, lo que llegó a nuestra copa en esta ocasión era algo muy diferente, un paso más allá del trabajo en defensa de la garnacha del que hacen acopio estos elaboradores. ¡Ojo!, que el nombre de la bodega “La Calandria” lleva adherida la interna confesión de “Pura Garnacha”, lo que no deja duda alguna sobre su objetivo como elaboradores. Lo que ahora les vamos a contar es una increíble historia de madres y niños perdidos.

Pero vamos a lo primordial, el vino. Niño perdido. Madre Nº3 (Casa Valero) llegó a nuestra mesa acompañado de sus hermanos Niño perdido. Madre Nº1 y Niño perdido. Madre Nº2. Botellas de pequeño formato.

Al servirlo en la copa ya nos dimos cuenta por su color y por la potencia aromática que se adueñó de la sala de cata, de que era un vino fuera de lo común, ajerezado, si nos permiten una simple generalización. Esa primera idea venía justificada por la clara vocación oxidativa de este vino, cuyo aroma no dejaba lugar a dudas. En un segundo término, nos llamó la atención su vejez, ya que en nariz se apreciaba en él la concentración de un vino muy viejo, con ricos acetaldehídos, y ligeras notas de barniz y frutos secos como la avellana. La boca es, sin duda, el broche final, una demostración de fuerza y perdurabilidad. Soberbia presencia, ya que encierra una oxidación elegante, con un sabor muy intenso pero permisible (algunos vinos generosos muy viejos rozan la extravagancia en su potencia y hacen que su consumo, si uno no está preparado, no sea necesariamente placentero). Se trata de un vino que pone a prueba al catador. Alguna vez habíamos hablado en estos términos de vinos viejísimos del marco de Jerez, especialmente alguna rareza catada hace años con Jesús Barquín de Equipo Navazos en nuestras oficinas. Por mucho que miramos la etiqueta no entendíamos nada, ¿una bodega navarra que elabora estos vinos?

La sorpresa ya se había adueñado de nosotros desde la primera olfatada y desde el primer trago, así que ya solo nos quedaba conocer su historia y esta, créannos, no es menor. La Calandria es un proyecto que nace de la unión de Luis Remacha, Javier Continente y Luis Fernández, aunque hoy día ya sólo lo dirijan Remacha y Continente. El proyecto nace casi como un juego, sin grandes pretensiones comerciales, ya que sus creadores se unieron para elaborar un vino de garnacha que a ellos les gustase. El tiempo fue despertando en ellos el interés por otro tipo de vinos, otras elaboraciones.

Luís Remacha y Javier Continente de La Calandria Pura Garnacha

La bodega, según reconoce Javier Continente, uno de los padres del proyecto, dedicado también al desarrollo de obras de “teatro de objetos documental” -la historia de los objetos y su incesante proceso de investigación son parte indispensable-, dirigió su mirada hacia un tipo de vinos poco divulgados entre el consumidor final, los vinos rancios. Como si de un proceso documental se tratase, este vasquimaño, mitad vasco y mitad maño, se puso a indagar acerca de los vinos rancios de elaboración propia que muchos aragoneses hacían en sus pequeñas bodegas subterráneas y cuyo consumo se reservaba a celebraciones familiares muy especiales.

La idea era centrarse en un territorio que va desde los Pirineos Meridionales hasta las faldas este del Moncayo, en los límites entre Navarra y Aragón, y comenzar una labor de investigación en torno a los vinos rancios elaborados por familias anónimas, localizar sus madres, es decir las soleras donde se encontraban los vinos rancios más antiguos y hacerlas revivir mediante un proceso de re-hidratación. El proceso de búsqueda les llevó en 2010 a la Madre Nº1 (93 puntos), que lleva el nombre de Ladislao en honor a Ladislao Montiel, antiguo enólogo de las Bodegas Camilo Castilla, quien les ayudó en el complejo mundo de la elaboración del vino rancio. La siguiente Madre, la Nº2, la encontraron en casa de la familia Laín, en las faldas del Moncayo, en un trujal enyesado por los abuelos, y descubierto con el tiempo por un miembro de la familia que encontró un vino increíble en su interior (94 puntos) que presumiblemente es del año 1963, aunque sin un registro oficial que lo acredite. La Madre Nº3, nuestro Vino Revelación 2019, también proviene del Pirineo Aragonés. Llegaron al vino casi de forma accidental. Como reconoce Javier “preguntando a la gente que conocía, una amiga del mundo del teatro me avisó de que su familia elaboraba este tipo de vinos. Acudí al pueblo, y probé lo que allí tenían”. Esta familia se apellida Valero, por eso el nombre completo del vino es Niño Perdido. Madre Nº 3 (Casa Valero).

Este proyecto de Niño Perdido busca rescatar estas madres olvidadas, ajenas al gran público, representantes de una parte importante de la cultura de los pueblos entre los límites de Aragón y Navarra. Madres que son alimentadas de nuevo y que entrarán a formar parte de un proyecto de difusión que culminará con la presentación de un pequeño museo-bodega donde se mostrarán y se reproducirán estos vinos de familia.

El proceso de re-hidratación es, como reconocen sus padrinos, una labor compleja, pues se trata de recuperar un líquido muy denso, casi petrificado, a base de alimentarlo con vinos también viejos, siempre de garnacha y, a ser posible, buscando el vino en el pueblo donde se adquiría por estas familias. La intensidad y concentración de este jarabe hacen que su esencia no quede anulada con el vino añadido y mantenga así su impronta, su trasfondo histórico. Se trata de un proyecto con una vocación más humanista que comercial, pues de este vino solo se han elaborado 54 botellas de 37,5 cl. El futuro tampoco les permitirá elaborar más de 100 botellas de esta madre. A pesar de tan escasa producción, hemos querido destacar este excelente vino no sólo por su calidad sino por su trasfondo cultural y su labor de difusión de la cultura vinícola de los pueblos del vino más anónimos.

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