María de Cal Vall, homenaje al rancio del Priorat

Siempre ha estado ahí, sin embargo todavía poca gente lo conoce a pesar de ser un estilo de vino único y de una calidad indudable. Hoy día parece como si el estilo de vino rancio hubiera quedado en el olvido durante largos años y de repente estuviera despertando una pequeña conciencia por recuperar los vinos tradicionales que desde siempre han puesto el sabor a la cultura local de nuestra tierra. A nosotros este despertar nos parece normal si vemos en esta tipología de vinos una reivindicación de lo propio, una huida de las indefinición que ha traído consigo la arrolladora globalización.

El idilio entre María de Cal Vall Vino Rancio 1927 y el equipo de cata se fraguó en dos pasos, el primero tuvo lugar en el parque tecnológico del vino (VITEC) en Falset coincidiendo con la cata de los vinos de la DOQ Priorat para la edición 2019 de la Guía Peñín. Organizados los vinos por tipología, habíamos dejado para cerrar la cata los vinos dulces y generosos. Este tipo de vinos son de aquellos que nada más descorchados dejan entrever su arrolladora personalidad. Aromas de vejez, de tiempo. Muchas veces nos hemos preguntado a qué huele el tiempo, pues huele a vino rancio, a un vino sometido a una crianza muy larga, en la que el oxígeno se entrelaza suavemente con el vino y los dos se aportan mutuamente. Los frutos secos, los toques leñosos, el aroma a polvo o a desván son comunes en esta tipología de vinos, en los que también destaca una portentosa boca, que guardará una mayor o menor concentración en función de la vejez del vino embotellado. María de Cal Vall nos dejó una huella que nuevamente se posó sobre nosotros pasados unos meses, cuando volvimos a evaluarlo en nuestras oficinas, con motivo de la recata de los vinos mejor puntuados. La segunda vez que estuvimos frente a él no nos alejó un ápice de la puntuación que le habíamos dado inicialmente (96), sólo nos corroboró que aquel mes de mayo en Falset no se nos había ido la cabeza al valorarlo tan alto. Estas cosas suceden, te puede llegar un vino de excepcionales cualidades, de un nivel más alto que la media de vinos que hasta el momento has catado y de repente te hace perder el norte y lo valoras más bajo o más alto de lo debido, los grandes vinos tienen esa capacidad…de ahí que sea necesario volverlos a catar.

Albert Costa y Lluís Llach

Desde hace unos años estamos viendo cómo pequeñas bodegas catalanas están recuperando estos vinos históricos, como la que hoy nos ocupa. La tradición del vino rancio en la provincia de Tarragona está sobradamente documentada, e incluso, a día de hoy, muchas familias catalanas todavía conservan en algún rincón de sus hogares pequeñas barricas donde sus abuelos envejecían estos vinos tradicionales, aunque muchas de ellas se encuentren en un estado de conservación lamentable. Hemos estado charlando con Albert Costa, hijo de uno de los fundadores de la bodega Val Llach, Enric Costa, hoy copropietario de la bodega junto al cantautor y político Lluís Llach. “Durante los veinte años que tiene la bodega hemos estado elaborando vino rancio. Al principio se elaboraba por mantener la tradición pero sin ningún propósito comercial ya que no se vendía”. El nombre del vino es un homenaje a la madre de Lluís, María y la casa familiar donde vivían, Cal Vall, un pequeño recuerdo de la infancia y de la profunda tradición vitícola de la comarca donde vivían. La bodega cuenta con varias soleras de vino rancio, una pequeña barrica de 50 litros de 1927, otra de 200 litros de 1946 y otra de 100 litros de 1970 que han estado llenas de garnacha durante los veinte años que tiene a día de hoy la bodega  “Nuestra solera más nueva es de 2005 y la más antigua creemos que es de 1902”. Hemos estado trabajando en la recuperación de vinos rancios de otras casas del pueblo. En muchos casos las barricas contenían una especie de caramelo rancio solidificado que tuvimos que recuperar, para ello llenamos con agua caliente los tanques de fermentación y metimos las barricas con peso en su interior y bien selladas, dejándolas allí hasta que poco a poco el caramelo fue perdiendo su dureza. Posteriormente sellamos las posibles filtraciones de estas barricas como se hacía antiguamente, con una pasta hecha con harina y agua, y las llenamos con vino rancio”.

Para confeccionar este María de Cal Vall contaron con la ayuda de un filántropo del vino como es Pitu Roca (Celler de Can Roca) quien les ayudó a definir el cupaje final de esta joya líquida que no es otro que un 50% de la solera de 1927, un 25% de la solera de 1946 y otro 25% de la solera del 70. El vino se sirve en una pequeña botella de 20 centilitros de la que se han embotellado cerca de 300 botellas.

Como es habitual en los rancios garnacheros del tarraco, son vinos sin encabezar, cuyas uvas proceden de una vendimia muy tardía, y que posteriormente se concentraban en habitaciones calurosas o en damajuanas a través del método de sol y serena, hasta alcanzar los 18,5º que posee.

Gracias a vinos así todavía es posible saborear un poco de historia, compartirla y disfrutarla.

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