Sierra Cantabria, una visión renovada del clásico CVC riojano

Nunca dejaremos de sorprendernos. Llevábamos mucho tiempo sin catar en Rioja un CVC (Conjunto de Varias Cosechas), y sin duda no esperábamos encontrarnos uno con la calidad de nuestro siguiente nominado: Sierra Cantabria CVC 2008-2009-2010.

Se trata de una elaboración que proviene de una bodega que ha demostrado sobradamente su valía cosecha a cosecha, la familia Eguren, o lo que es lo mismo los hermanos Marcos y Miguel, reconocidos bodegueros de la Sonsierra, donde han sabido dar forma, como pocos, a los vinos de viñedo. Muchas de sus creaciones forman parte de la élite vinícola de este país. Se diría que la bodega Sierra Cantabria poco tiene que demostrar a estas alturas, sin embargo, como aquel que no quiere dejar atrás la oportunidad de seguir aprendiendo, nos han sorprendido con un clásico del vino de Rioja, un CVC (Conjunto de Varias Cosechas) completamente  renovado.

Marcos y Miguel Eguren

Fue a finales del mes de julio cuando este vino llegó a nuestra mesa de cata. Inicialmente, nada había que destacar visualmente, un vino  de color atractivo, brillante, correcto. La nariz ya fue otra cosa, pues ofrecía una gran variedad de registros, muchos de ellos primarios, pero acompañados de una interesante mezcla de matices de su crianza y envejecimiento. Había potencia aromática sí, pero no en exceso, domesticada, como apaciguada…..más tarde nos daríamos cuenta de que el apaciguamiento vendría aportado por una crianza en barrica nueva de casi seis años. La boca volvía a dejarnos sensaciones varias: sutileza, estructura, fruta y una rica sensación ácida. En cuanto al tanino, tenía la marca de la casa, un tanino sutil, sedoso, presente pero elegante, un elemento que Marcos trabaja con una precisión casi quirúrgica en todos sus vinos.

De un tiempo a esta parte cada vez se mira más  atrás para recuperar aquellos vinos que alimentaban a nuestros familiares y amigos en las comidas de mantel, primero, segundo y postre que nos acompañaban día sí día también.

Históricamente y muy probablemente no siempre merecido, los CVC riojanos se ganaron una imagen relativamente mala, pues se entendía que algunas bodegas usaban esta mezcla para sacar aquellos vinos que no habían sido capaces de vender. Sin embargo, el vino de Rioja venía por lo general del ensamblaje: mezcla de variedades (tempranillo, mazuelo y graciano), de parcelas, de zonas (Rioja Oriental o Baja, Alavesa y Alta) y también de cosechas. Las bodegas centenarias marcaban su impronta, el estilo de cada casa, gracias a esta mezcla, que servía como herramienta homogeneizadora y característica de los vinos de una misma casa.

Marcos Eguren reconoce el valor de esta filosofía, sin embargo, como él mismo relata, “nosotros nos desligamos de esta línea de trabajo, como viticultores que somos, y buscamos que la diferencia y la impronta de cada vino la marcase el propio viñedo. Esta ha sido la filosofía de la casa, por eso tenemos tantos vinos procedentes de únicos viñedos como Amancio, la Nieta, Puntido, etc”.

Es claro en su exposición, “en un viñedo viejo buscamos trasladar esa identidad del viñedo al vino y esa misma expresión mantenerla a lo largo de los años, en cada cosecha, entendiendo que ese terruño estará marcado también por el carácter climático de cada año”.

La bodega llevaba años trabajando con la idea de crear un CVC, nada menos que 15, pero no con la premisa clásica de mezcla de zonas, variedades y años, sino en una readaptación que conviviese con la filosofía de la casa, es decir buscar un vino único de una parcela única.  La parcela en cuestión es una viña de 1,49 hectáreas situada en San Vicente de la Sonsierra, en las laderas de la nueva bodega Viñedos Sierra Cantabria, sobre un suelo con arena, limo y arcilla sin compactar. El planteamiento era algo así como crear la unión idílica de cosechas, una unión que aportase frescura, intensidad, estructura, suavidad, elegancia y consistencia.

El germen de este nuevo proyecto les llegó tras probar en un restaurante amigo un vino Castillo de Ygay de 1925. “¡El vino estaba sorprendentemente vivo!”. A los días Marcos Eguren se lo comunicó a Vicente Cebrián, presidente de las bodegas Marqués de Murrieta, quien le contó cómo ese vino podría haber envejecido en barrica cerca de 18 años. La idea se le quedó grabada a fuego y pensó en trabajar también con unas crianzas tan poco habituales, con la intención de crear un vino también eterno. Y así empezó todo.

Este vino nace de la unión de tres vinos ya elaborados, uno de la cosecha 2008, una añada fresca, otro de 2009, caracterizada por su mayor calidez y por último la idílica 2010, una de las grandes cosechas riojanas en lo que llevamos del siglo XXI. Para la unión de estas tres cosechas se mantuvieron los tres vinos durante seis meses en un depósito de hormigón antes de embotellarlo.

Sea como fuere, en pleno siglo XXI nos ha llegado un CVC magistral, esperamos poder catar este mismo vino dentro de muchos años y ver si realmente aguanta el paso del tiempo como los viejos riojas.

Si están pensando en comprar una botella de este vino sólo advertirles que tiene un precio aproximado de 790 euros, un precio digno de mención.

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