El consumidor de vinos del siglo XXI

Javier Luengo (@JavierGuiaPenin)

Una de las obsesiones más comunes dentro del mundo bodeguero es identificar cuál es su modelo de consumidor. Muchas bodegas deciden desarrollar su gama de vinos en función del tipo de consumidor al que se van dirigir. Se trata de una información vital y de la que dependerá en buena medida el éxito de la empresa, pero ¿cuáles son los tipos de consumidor del siglo XXI?, ¿en cuál se encontraría usted?

Nadie podrá negar que existen tantos estilos de vinos como consumidores. En Guía Peñín lo sabemos bien, pues año a año se van incorporando nuevas interpretaciones del vino realizadas por bodegas de toda la vida para nuevos mercados y consumidores. En los últimos años hemos visto cómo se ha modificado el perfil de consumidor, o, mejor dich,o cómo se han incorporado nuevos modelos de consumidor a los ya existentes. Vamos a hacer un breve repaso de los tipos de consumidores que tenemos hoy en día, lo que supone una acumulación de modelos, tantos como generaciones y víctimas de la evolución.  

El vino es consumido en diversos contextos y situaciones. El clásico consumo diario durante las comidas, mezclado con gaseosa o en solitario,  ya no es tan habitual como lo fue en el pasado, lo que hizo que cayera drásticamente el consumo per cápita en nuestro país. Ese tipo de consumidor, hoy casi en peligro de extinción y relegado en su mayoría a las áreas rurales, no hacía una elección precisa del vino, se ceñía a pedir el vino de la casa y, a lo sumo, a decidir si Rioja o Valdepeñas, sin importar la marca, ni la bodega, y siendo este un acompañamiento anónimo durante la comida. Estos consumidores de vino anónimo siguen existiendo hoy día, pero es mucho menos voluminoso que en aquellos tiempos de vino y rosas. En su lugar llegó otro consumidor de perfil parecido, pero que en lugar de consumir el vino por botella lo hacía por copas en alguna de las múltiples tabernas que inundan las grandes ciudades. La gente que acudía y aún lo hace a estos templos de la tapa, se ceñían a indicar la denominación de  origen que querían consumir, siendo Rioja, Ribera y Rueda, para los vinos blancos, las más recurrentes.  

Mientras todo esto sucedía, los vinos con nombre propio eran consumidos con sumo deleite en restaurantes de postín y en los hogares, acompañando algún acto especial. El reconocimiento de un estilo propio de la bodega, la relevancia de las zonas de producción y el prestigio de los varietales más famosos también era un valor, así como la tradición y la historia elaboradora de cada productor.

Avanzó el tiempo y con él los cambios: cambios en los hábitos de consumo empujados por la aceleración del ritmo de vida, por la búsqueda de hábitos saludables que contrarrestasen el sedentarismo y la vorágine urbanita.  Llegó también la capacidad de acceso a la información y, con ella, las zonas productoras menos conocidas empezaron a hacerse oír más allá de sus lugares de origen. Llegaban noticias acerca de las diferentes variedades y climas que en España existían, y las bodegas más avispadas empezaban a querer comunicar acerca de su proyecto. Es la época en que las revistas especializadas de vino y gastronomía empezaban a aflorar, y también el momento en el que para hablar de vino necesitabas un vocabulario especial, pomposo y elitista. El conocimiento del vino estaba reservado a las altas esferas, a los círculos más snobs. Los empresarios ajenos al sector empezaron a querer formar parte de este entorno, que veían como el summum de la clase y elegancia.

En cuestión de muy poco tiempo, la multiplicación de bodegas y proyectos se aceleró. La tecnología entró a formar parte en cada nuevo proyecto y los enólogos empezaban a ser conocidos como si de estrellas del rock se tratasen. Llegaron entonces los vinos de autor. Corrían los 90 y el vino era tratado con aire intelectual entre el consumidor más interesado. Curiosamente, esta intelectualidad del vino sigue presente en nuestros días, aunque con un traje bien distinto.

El desenfrenado crecimiento de Internet fue dando voz a todos los productores y con el tiempo a los consumidores. El auge de los chats, al principio genéricos y después especializados, sentaron las bases para la construcción de foros, y todo ello mientras se fraguaba la explosión de la redes sociales.

Las redes sociales, el auténtico y último boom modificador del modelo de consumidor, dio paso a un consumidor narcisista, en el que la exposición de lo consumido se convertía en una forma de identidad. Este interesantísimo fenómeno cambia a toda velocidad. Los primeros consumidores digitales se hacían eco de zonas mucho más desconocidas, huían como de la peste de lo tradicionalmente reconocido. El fenómeno reaccionario a la globalización ya se dejaba sentir a través de la búsqueda de una identidad varietal propia de cada zona de producción y bodega, y así se iba transmitiendo a los consumidores y estos, a su vez, a su red de contactos. Los vinos demandados, en este caso, eran diferentes, rústicos, singulares, raciales y desconocidos por el gran público.   

Todos estos consumidores permanecen vivos en el complejo universo del vino. Cada uno se aferra a su experiencia y su estado vital, cada uno construye un nuevo escalón de consumo, y con cada escalón llega una tipología de vinos: clásicos, modernos, de ensamblaje, monovarietal autóctono, concentrado, fresco, terciario, frutal, ecológico, biodinámico, natural… Algunos beben vino sin prestarle atención, otros sienten una leve curiosidad y otros tantos han convertido el vino en su hobby. Vamos ahora a fijar una fría y distendida extrapolación del consumidor con conocimiento en función de su edad. Afronto su diferenciación sin atender a las zonas grises, yendo directamente al blanco y el negro, con el consabido riesgo que eso supone.

Si quieres saber qué tipo de consumidor eres, haz click AQUÍ.

Sobre el Autor

comments powered by Disqus