Canarias y sus vinos, la recuperación del prestigio internacional

Javier Luengo (@javierguiapenin) 

La historia del vino del archipiélago canario es apasionante. Pocas zonas productoras, con la salvedad de Jerez y Málaga, son capaces de alardear hoy día de la trascendencia que tuvieron para el comercio del vino mundial, en tiempos en que la globalización ni se la olía, ni se la esperaba. En contraste a este esplendor, la historia más reciente del vino canario es menos deslumbrante. Ya están publicadas en la Guía Peñín Online 2020 las catas de los vinos de todas las zonas elaboradoras de las islas.

Hasta los últimos retazos del siglo XX los vinos canarios han permanecido casi escondidos al resto de España, relegados al consumo entre islas por los propios lugareños y por los turistas que cada año acuden a alguno de sus rincones. Ni que decir tiene que estos vinos a nivel internacional se habían quedado en una especie de letargo invernal que duraría muchos siglos. Pero algo ocurrió en estas singulares islas. Brotó de nuevo aquel brillo del pasado y la maquinaria volvió a ponerse en marcha.

En la historia más reciente del vino canario, se regularon hasta 11 zonas productoras, con sus pliegos de condiciones correspondientes. Su status como punto de parada de las rutas comerciales entre Europa y África, le permitió adquirir lo que hoy día es una de sus principales fortalezas, la riqueza varietal de uvas blancas y tintas con las que desarrollan sus vinos. De entre todas ellas una fue la responsable de su etapa de mayor esplendor, hablamos de la malvasía, con la que fue conociéndose en el pasado los vinos isleños, y que cautivaron a escritores, reyes y otras personalidades como Shakespeare, Carlos III, Francisco I de Francia, Francis Drake entre otros muchos ilustres…

La relación de los vinos canarios con los vinos dulces viene de lejos, y su desarrollo cualitativo no puede ser discutido por nadie. En islas como La Palma o Lanzarote se encuentran lo que para nosotros son las mejores malvasías del mundo, vinos delicados, aromáticos, ácidos y muy expresivos, con una capacidad de envejecimiento deslumbrante, cualidad que les sirvió para desarrollar su comercio por mares y océanos, pues viajaba cómodamente en barcos sin estropearse.

Estos vinos de malvasía han seguido estando ahí. Sin embargo, la caída del consumo de vinos dulces no les hizo ningún favor, al contrario. Con un nivel de rotación cada vez  menor, la capacidad de sostener el día a día de una bodega se antoja imposible. Para solventar esta lentitud comercial, se fueron desarrollando trabajos con otras variedades, en muchos puntos con variedades comerciales conocidas en todo el mundo como cabernet sauvignon, merlot, syrah o tempranillo, pero también con las uvas que se habían desarrollado con el paso de los años en las islas, como la baboso negro, vijariegoverdello, negramoll, marmajuelo, listán blanco y negro o gual.

Si su ubicación como punto de paso comercial fue su primera gran fortaleza, la segunda y no por ello menos importante fue lo singular de su orografía. El origen volcánico de sus suelos, las diferentes influencias climáticas y la riqueza varietal ya mencionada, abrían al productor infinidad de posibilidades. Si bien es cierto que no todos las aprovechaban.

Particularidades geoclimáticas de la isla de Tenerife

Tenerife (aquí puede leer un artículo específico sobre los vinos de esta isla) es un lugar mágico para la viticultura. A pesar de sus dimensiones, la presencia de su imponente volcán del Teide parte la isla en dos influencias climáticas, una más atlántica al norte y otra más mediterránea al sur.

El norte se caracteriza por la influencia del viento alisio que deja sobre sus viñas un mar de nubes, con una alta humedad relativa, mientras que en el sur el clima es más árido, con mayor insolación, pero con la posibilidad de escalar en la cordillera para jugar con la altitud como aliado que permita una maduración lenta y más fresca. El viticultor del norte está habituado a tener que vérselas con la panza de burro, que es la acumulación de nubes como resultado de la acción de los vientos alisios, que empujan  y acumulan las nueves sobre las laderas de las montañas. Esto que para muchos bodegueros peninsulares sería una auténtica tortura por las complicaciones de humedad y sus posibles enfermedades, es el día a día de los viticultores del norte, que son capaces de trabajar con maestría. Incluso algunos se atreven a reducir al mínimo sus intervenciones en viña para favorecer una mayor expresión en el vino.

Detalle del suelo del Valle de Güímar, tierra arcillosa con roca volcánica

Los suelos de la isla tampoco se quedan atrás. La intensa actividad sísmica de la zona ha dado lugar a la formación de una rica paleta de suelos, que van desde los suelos arena volcánica o jable de Abona, los bancales de tierra arcillosa del Valle del Güimar, o los suelos volcánicos y orgánicos del norte, lo que unido a la influencia climática y el rango de altitudes que ofrece algunas partes de la isla, especialmente en el sur, permiten jugar con infinidad de variables a la hora de elaborar vinos singulares y representativos.

Lanzarote, La Palma, Gran Canaria y El Hierro

Existe vino canario más allá de Tenerife. Paisajes y viñedos tan singulares como los existentes en Lanzarote, La Palma y El Hierro, merecen especial atención, y no sólo por sus vinos dulces únicos, sino ahora también por sus vinos secos. Victoria Torres, hoy responsable de la bodega familiar Matías i Torres, es una viticultora acostumbrada a probar vinos de fuera. Muy vinculada a las nuevas hornadas de viticultores y bodegueros canarios, su esfuerzo se ha orientado ha buscar el sabor original del vino en La Palma, y  lo está consiguiendo a tenor de los vinos que hemos probado en los últimos años. Sus vinos secos, coquetean con las bajas intervenciones, y con el característico suelo de origen volcánico en el que se desarrollan. No solo nos cautivó su Malvasía Aromática Naturalmente Dulce 2013, si no también sus trabajo en Negramoll, Diego y su Malvasía seco, con puntuaciones que hasta hace muy poco solo estaban habitadas por los vinos dulces de la isla.

Lanzarote, con su especial paisaje lunar, sigue siendo un lugar mágico y de peregrinaje para muchas personas que no dan crédito al visualizar por primera vez su espectacular viñedo en La Geria, donde las plantas sobreviven gracias al rocío de la mañana y las oquedades de su roca volcánica. Allí se le saca lustre a los vinos dulces de malvasía, como es el caso del El Grifo Canari Dulce de Licor 1956-1970-1997 (95 puntos) o el Bermejo Malvasía Naturalmente Dulce (92 puntos). Con alguna salvedad, todavía falta una figura que busque potenciar las elaboraciones de vinos secos y de largas crianzas, una tipología no desarrollada por la escasa producción de la isla y por su obcecación por la venta rápida de sus vinos. El turismo devora sus vinos con suma rapidez y los bodegueros ni se plantean centrarse en la elaboración de vinos mucho más complejos y costosos de elaborar. Es una pena, porque la zona tiene todo el potencial del mundo para poder abrir una línea de trabajo que a la larga permitiría vender sus vinos más caros, conectando con un consumidor más sibarita y abriendo la posibilidad de exportar estas rarezas al mundo.

El Hierro es, junto a La Gomera, las dos zonas vitícolas más desconocidas de España. El origen del cultivo de la viña es antiquísimo, y las familias siempre han esta ligadas a la producción de uva y vino. El carácter isleño y el menor peregrinaje de turistas a estas islas en comparación a las islas vecinas, les ha dejado casi aislados a las corrientes del vino. El plantel de variedades que allí se desarrollan son igualmente ricas. En El Hierro, aunque poseen 12 bodegas de producciones muy pequeñitas, existe una bodega cooperativa, impulsada por el Cabildo de la isla en los Ochenta, en plena euforia cooperativista. Se trata de la Central Vinícola de la Cooperativa del Campo de la Frontera, y son solo sus vinos los que hemos tenido oportunidad de catar en esta ocasión. Dulces como el Gran Salmor 2010 y 2008, ambos con 93 puntos, son un canto a la excelencia y a la esencia de la isla, y el blanco seco Viña Frontera Baboso Blanco 2017, toda una declaración de intenciones de lo que se puede llegar a hacer en esta otra gama de vinos. De La Gomera lamentablemente poco podemos decir, y es que a pesar de que cada año son convocados para enviar sus vinos al examen de la guía, sus productores no terminan de animarse a enviar vinos, quizá por una falta de confianza en el embotellado vinal. Una pena, ya que el resto de islas está demostrando su capacidad de reinventarse y de aportar algo diferente al panorama vinícola nacional.

Pequeña Bodega de Gran Canaria, Plaza Perdida (Monte Lentiscal)

En el Parque Rural del Nublo, en los términos municipales de Tejeda y Artenara, en la isla de Gran Canaria, se encuentran plantadas las viñas de la bodega Bentayga, a una altitud que oscila entre los 1.050 y 1.318 m. Allí nacen dos interesantes vinos, Agala Altitud 1175 añada 2017 (90 puntos) y Agala 1212 cosecha 2014 (90 puntos). Se trata de los dos vinos más valorados de Gran Canaria en nuestra reciente visita al archipiélago canario. La isla de Gran Canaria conserva también un rico patrimonio vitícola, y su compleja orografía ofrece la posibilidad de jugar con la altitud y las orientaciones del viñedo. La zona congrega cerca de 74 pequeñas bodegas, que producen cerca de medio millón de kilos de uva. Como sucede en la gran mayoría de las islas de menor tamaño, el grueso de su producción se queda en el comercio entre islas y para el consumo de los lugareños y visitantes a la isla, lo que ha impedido un mayor desarrollo cualitativo. La isla tiene un altísimo potencial y algunos bodegueros se están tomando muy en serio el ofrecer vinos de mayor singularidad y expresión, por lo que los próximos años serán muy interesantes para el vino de calidad canario.

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