¿Cómo empecé en el vino?

24 noviembre 2021

Es la pregunta de rigor que me formulan en cada entrevista. Debe ser que los muchos años vividos en este oficio excitan al entrevistador a la interpelación tópica. Estoy seguro de que el periodista intuía la respuesta como que mis primeros pasos fueron guiados por la afición y emoción hacia esta cultura milenaria y por el placer de beber y soñar.

Nada de esto sucedió. La intención fue simplemente montar un negocio que consistía en vender vinos por correspondencia, cuya inversión no requería grandes dispendios. Un modelo que facilita al consumidor asociado de ámbito nacional recibir en casa, no precisamente los vinos que figuraban en las tiendas, sino vinos desconocidos o solo conocidos a nivel local frente al monopolio mucho más reducido que hoy de las grandes marcas. En aquellos años era impensable adquirir marcas desconocidas que no estuvieran en los escaparates y en las incipientes cartas de vinos. Una idea que me inspiró fue Vinoselección, que fue pionera en España en 1973. Uno de los dos socios fundadores, Rufino Yágüez (el otro es el actual propietario el italiano Massimo Galimberti) era vecino de adosado, del que tuve amplia información.

 “¿Qué te parece la idea de vender vino por carta, Pepe?” -Me dijo Rufino con esa seguridad aparente del emprendedor en ciernes- “No lo entiendo -le dije con cierta ingenuidad- porque Correos no reparte cajas de vino” Entendí el negocio cuando me lo comparó con la venta de libros del Círculo de Lectores. Mi vecino y Galimberti solo tenían los fines de semana para atender el negocio que para ellos era casi un divertimento. Aquello iba con la velocidad que el tiempo de dedicación que ambos destinaban y que era poco, por lo que Yágüez no tardó en abandonar el proyecto cediendo su parte al transalpino al que entonces yo no conocía, lo que me dio carta blanca para montar el mío. Si el Vinoselección que me inspiró no hubiera existido, posiblemente yo no estaría en el mundo del vino.

Fotografía antigua de Bodegas Protos

CLUVE eran las iniciales del Club de Vinos de España que fundé en marzo de 1975, año de mi primera experiencia vinícola. La fórmula consistía en confeccionar una ficha de identidad del vino con los datos de marca, cosecha, bodega, características del vino y gastronomía (temperatura de servicio, platos adecuados, etc). Toda esta información se remataba con un análisis enológico del vino con su grado alcohólico, acidez volátil, acidez total y sulfuroso libre que nos facilitaba Isabel Mijares de su laboratorio. En aquellos años los análisis de las bodegas eran menos fiables que los de un laboratorio independiente. Entonces Mijares era algo así como la Michel Rolland hispana. Estas referencias que hoy pudieran hacer sonreír al más pintado, eran necesarias cuando todavía flotaba la imagen del fraude en el vino español. El lector, aunque no entendía estos datos técnicos reseñados en la ficha, se tranquilizaba por el respaldo enológico.

Lo que más me seducía era satisfacer la curiosidad de convertirme en un “buscavinos” viajando por los caminos de la viña y la bodega. El crédito o confianza es este negocio no lo daba la bodega sino el buscador-seleccionador, algo nuevo en aquellos años.

El vino en la sociedad española en 1975

Como todos sabemos, la historia nos cuenta un hecho trascendental en ese año, como fue la muerte de Franco. El “caudillo” de lo que todos nosotros teníamos perfectamente claro qué es lo que debíamos hacer y lo que no. Con la muerte del dictador comienza un interés por parte de la sociedad española hacia una cultura desconocida pero apasionante. Todo lo que se podía crear y difundir desde esta fecha histórica tenía todos los mimbres de novedad o, al menos, así nos parecía. Cualquier intento de cultura pedagógica del beber era recibida con curiosidad más que interés. Hasta entonces existían dos modelos: la cultura literaria del vino de nuestros escritores y poetas y la cultura científica de los químicos y agrónomos, muy apartada de la lectura divulgativa.

Bodegas Vivanco

Cuando me puse a escribir sobre vinos por primera vez en el verano de 1975, oí disparos desde mi domicilio en pleno “estado de excepción” del Régimen. Me asomé desde la ventana viendo correr a la policía pistola en mano durante una redada al GRAPO en el barrio madrileño de Peñagrande. “¡¡Oiga, usted, ocúltese!!”, bramaba el “gris” sobreactuando con gesto agitado, no por velar por mí seguridad, sino para no contemplar las escenas que posiblemente podían delatar la violencia policial. “¡Yo estoy en mi casa –dije- y nadie me lo impide!”. “¡Por mis cojones –tuteándome sin conocerme como inmunidades de la autoridad - te vas a meter dentro!”.

La Historia ha marcado a escoplo y martillo la ejecución unos meses más tarde de los dirigentes del GRAPO en la localidad madrileña de Hoyo de Manzanares. En ese momento pensé, como todos, que el franquismo tenía las horas contadas y que se iba a producir algún cambio político en la larga historia de aquel régimen. Estaba completamente seguro de que si vivíamos el final de un periodo de autarquía y cierta atonía en la información incluso económica y empresarial, estos nuevos tiempos que se avecinaban iban a crear una sociedad nueva, interesada en saber el lado oculto entonces de la política (como después se evidenció), una mayor información a través de un periodismo de libertades y un mayor acercamiento a lo social. Asimismo, pensaba que iba a ser una sociedad más abierta a nuevos emprendimientos, a nuevas fórmulas. Tenía la sospecha de que el vino y la gastronomía iban a entrar en un plano más social, y no estar circunscritos a una élite que se despertaba con vino francés y se acostaba con su cocina, y con una mayor información en todos los órdenes, y el vino no iba a ser una excepción.

También tenía la sospecha de que el vino embotellado no solo estaría circunscrito en su mayoría a las marcas riojanas y jerezanas, sino que otras zonas podrían ofrecer marcas y tipos de vinos desconocidos. Me basaba en un antecedente francés e italiano, en los que ya me había ilustrado y que el embotellado era la razón de ser del vino, no como mero envase sino como uniforme identitario. Vislumbraba que el vino local, el autoabastecimiento tocaba a su fin o, al menos, quedaría en los reductos comarcales, en los pueblos. En esos años estaba muy bien visto que quienes viajaban por razones profesionales volvieran con una garrafa de algún vino lejano, como un valor “exótico” de algo inaccesible porque había que desplazarse para conocerlo pues no existía la movilidad actual para comprar un producto típico. El vino que más se apreciaba era de garrafón, adquirido en un diámetro máximo de 300 kilómetros. A más de esta distancia se creía que el vino perdía atributos porque era “natural” y sin “química” y por lo tanto viajaba mal.

Carretera y manta

Yo tenía 31 años, la edad del emprendimiento y ganas de construir algo diferente. Para ello necesitaba la herramienta más necesaria para emprender el largo viaje por las viñas y bodegas de España, como podía ser un listado de direcciones de las distintas empresas vitivinícolas. No había guías, los estamentos oficiales y los Consejos Reguladores apenas sobrevivían con los gastos propios. Con un sentido común y deducción lógica me puse manos a la obra provisto del Registro Nacional de Envasadores y Embotelladores de Vinos y Bebidas Alcohólicas que editada en Servicio de Defensa contra Fraudes. Los Consejos Reguladores eran más centros de control de origen y fraudes que una ventanilla de información. Solo las bodegas históricas contaban con una documentación aceptable, pero estas no eran mis puntos de destino.

Augusto Egli

Los vinos que buscaba no estaban en los anaqueles de las escasas tiendas de vinos urbanas. No me quedaba más remedio que preguntar en los bares de los pueblos.  Apoyado en la barra pido un vaso de vino. “Oiga, ¿sabe usted donde podría comprar vino embotellado en este pueblo”?   Esta era la pregunta obligada del buscavinos. Se trataba de indagar dónde se encontraba el vino desconocido con las varas de medir que definirían más o menos el estereotipo territorial. En general, la definición de aquellos vinos no estaba en el terruño, un término desconocido, sino las diferencias de la elaboración tradicional de una zona a otra, a diferencia de hoy que mandan los modos de hacer del enólogo en su relación con el suelo, variedad y clima. Las claves de la Rioja eran la elegancia y finura con el límite de sus precios proporcionalmente más elevados que hoy, de Valdepeñas la ligereza y el precio asequible, de Jumilla la suavidad cálida y de Galicia la acidez. Estereotipos que hoy, desgraciadamente, son indefinidos por cuanto todos quieren hacer el mejor vino con los mejores y únicos métodos como resultado de la misma forma de elaborar. Animado por lo que había leído sobre la España vitivinícola que exaltaba la diversidad, pretendía transmitir un mensaje sincero y culto sobre el vino, alejado de la sospecha de que este negocio fuera una simple venta de vinos por correspondencia. Quería crear un verdadero cenáculo de aficionados al vino.

Y así me dispuse con mi viejo Land Rover a recorrer los miles de kilómetros de la España nuestra y aprender de bodegueros, tragos, viñas y paisajes. Un viaje difícil y, a la vez, apasionante que me ocuparía muchos años.

Resumen de uno de los primeros capítulos de mi próximo libro “Mis Memorias del Vino”

(Posiblemente continuará)

    Escrito por Jose Peñín

    Uno de los escritores de vinos más prolífico de habla hispana y más conocido a nivel nacional e internacional.  Decano en nuestro país en materia vitivinícola, en 1990 creó la “Guía Peñín” como referente más influyente en el comercio internacional y la más consultada a nivel mundial sobre vinos españoles.