El origen vizcaíno del Rioja actual (I)

10 mayo 2022

El vino de Rioja que conocemos, el mundialmente acreditado, fue obra de dineros y voluntades foráneas. Los primeros fueron, sobre todo, los vizcaínos en la segunda mitad del Diecinueve. La segunda ola de inversionistas fueron los jerezanos, la banca y algún americano en los años Setenta del pasado siglo. Sin embargo, los pioneros en la modernización del rioja fueron, en primer lugar, Luciano de Murrieta con la bodega Duque de la Victoria y, más tarde, Guillermo Hurtado de Amezaga con Riscal.  

Luciano de Murrieta

Camilo Hurtado de Amézaga - heredero del Marqués de Riscal

Por más que queramos adornar la historia del vino riojano anterior a 1850, nos encontraremos con un vino vulgar y ramplón, que se bebía localmente y se enviaba en acémilas al País Vasco porque lo que allí se bebía era el chacolí, aún más rudo y agrio. Ninguno de los viajeros, escritores y poetas que ensalzaban los vinos de Castilla o los del litoral español llegaron a escribir una línea del tosco rioja. Un nombre tomado de un río intrascendente: el Oja, un afluente de un afluente que pasa por Santo Domingo de la Calzada y desemboca en el río Tirón. Es extraño que su nombre, que reflejaba un territorio más místico que agrícola debido a la altitud de sus tierras, se adoptara para toda la región. 

La calidad de sus vinos perduraba un máximo de 8 meses después de la vendimia, ahí acababa su ciclo vital. Era un vino cuya graduación alcohólica rondaba los 11 grados, lo que originaba que, a la hora de conservarlo en los toneles, se avinagrase o fuera víctima de los efectos inherentes a la propia fermentación, lo que impedía su transporte. Es cierto que los modos de elaboración no eran diferentes en el resto de las zonas españolas. La diferencia era que la gran mayoría de los vinos ibéricos estaban sostenidos por una graduación superior, que les permitía aguantar más.

Embotellado vinos de Rioja (Imagen cedida DOCa Rioja)

Los franceses enseñaron las prácticas bordelesas de la crianza, los vascos edificaron sus bodegas sobre los almacenes que los franceses abandonaron después de la filoxera, mientras que, un siglo más tarde, los jerezanos y la banca trajeron la socialización marquetiniana del rioja, dejando de ser un vino de las élites al alcance de todos los bolsillos.  

El capital vizcaíno

El capital vizcaíno fue vital para el desarrollo de la Rioja, sobre todo en la Rioja Alta, escenario del comercio del vino por parte de los franceses. Al abandonar éstos sus almacenes riojanos, cuando el viñedo francés se recuperaba después de la filoxera, fueron ocupando sus lugares los dineros y las mentes preclaras vizcaínas, poniendo el punto de mira en el negocio del vino riojano.

La documentación de que se dispone sobre el mercado interregional del vino riojano cita al País Vasco como principal y casi único receptor. Un comercio de vecindad, un comercio de vino de Castilla (como así se llamaba al procedente de La Rioja), para unos consumidores habituados a la sidra y a los chacolís, de graduación menor, irregulares y de elevada acidez.  No es de extrañar que, en lo concerniente al comercio de proximidad, estos vinos entraran con buen pie en el territorio vasco. 

A mediados del siglo XIX, en pleno auge de la Revolución industrial, en Burdeos comienza una nueva era en la elaboración de vinos finos. Término que se aplicaba a la producción de un tipo de vino que nada tenía que ver con el que hasta ese momento se elaboraba en los países vitivinícolas, con raspón, excesiva maceración con los hollejos y, por tanto, más gruesos. Se trataba de aplicar un sistema novedoso de despalillado, clarificado, de crianza en barricas de 225 litros y muchos trasiegos que afinaban el vino. Un modelo de vinificación que permitía que los vinos de mesa pudieran envejecer, viajar, y conservarse en botella tanto o más que los vinos generosos que, hasta ese momento, eran los únicos que podían exportarse a destinos lejanos.

Este modelo de “vino fino” elaborado por Riscal y Murrieta sumado a la irrupción en la Rioja de los negociantes franceses como almacenistas de vinos, movieron a algunos empresarios vascos a invertir en la Rioja, no como propietarios de viñedos, tal y como se hace ahora, sino como criadores de una materia prima en manos de los cosecheros apegados a la tierra. De este modo, nacieron las llamadas bodegas de crianza en madera, muchas de las cuales se originaron sobre los almacenes de los negociantes franceses que se instalaron en los años cincuenta del siglo xix. El vino tipo Burdeos comenzaba a ponerse de moda, y el entorno de las estaciones de ferrocarril era el lugar propicio para construirlas, en virtud de la facilidad del transporte.

Marqués de Murrieta

La Bodega del Marqués de Murrieta tuvo un origen vizcaíno en el padre de Luciano de Murrieta y García Lemoine, personaje que llegó a ser el brazo derecho del general Espartero y que, más tarde, ostentaría el título de marqués de Murrieta. Aunque él nació en Perú, su padre, Francisco Luciano de Murrieta Ortiz, nació en Santurce en 1784 y cuyos padres vivieron años más tarde bastante tiempo en Londres, lo que determinó que se adaptaran al hábito de la sociedad inglesa de beber buenos vinos. Esta costumbre se reforzó posteriormente en el período del exilio londinense de Luciano junto a Espartero. El célebre general poseía una bodega en Logroño con el nombre de su título nobiliario: Duque de la Victoria, y allí Luciano puso en práctica sus conocimientos del nuevo estilo de vino riojano de patrón bordelés. Estos tintos fueron los primeros riojas que se exportaron sin que se estropearan en el camino a través, naturalmente, del puerto bilbaíno.  

Bodega Marqués de Murrieta

Marqués de Riscal

Si bien el fundador de las Bodegas Marqués de Riscal, Guillermo Hurtado de Amézaga, naciera en Vitoria en 1794, los orígenes de sus antepasados se pierden en la comarca de las Encartaciones de Vizcaya en tierras de Güeñes y Sodupe. Fue en 1862 cuando se instala la primera bodega integral (viñedo, elaboración, crianza y embotellado) en la Rioja, que aún resiste el paso de los tiempos. Su arquitectura fue una reproducción aproximada del Chateau Lanessan y su marca en activo es la más antigua de la Rioja. Todo ello antes de irrumpir el grueso de los negociantes franceses unos años antes de la filoxera. El hijo de Guillermo, Camilo Hurtado de Amézaga, vivió en Burdeos y toda la filosofía productiva de la bodega gozaba de una clara influencia bordelesa, desde el primer asesor Jean Pineau, hasta Guy Guimberteau y Paul Pontallier en el siglo actual, pasando en los años Setenta por Emile Peynaud.

Vista de la bodega Marqués de Riscal

López Heredia. Viña Tondonia 

A mediados de ese siglo, la sociedad vasca había adquirido gran influencia en Chile, integrada en su mayor parte por la oligarquía conservadora dirigida por los clérigos, en pugna con las tendencias políticas liberales. El presbítero Fernando López Heredia era, dentro de ese ambiente, gran amigo y colaborador de otro sacerdote vasco natural de la anteiglesia de Nabárniz, Santiago Landeta de Asúa, hombre de espíritu entero como correspondía a su vieja estirpe vizcaína, y oriundo de los montes próximos a Guernica. Don Santiago tenía una sobrina de quince años, educada en los estrictos principios tradicionales y de tan singular belleza, que era conocida como la “Bella vizcaína”. Esta mujer, al casarse con Pedro López Heredia y López de Gárayo, unieron sus dos apellidos que llevaría su primogénito fundador de la Bodega López Heredia Viña Tondonia: Rafael López de Heredia y Landeta. Evocando su raíz vizcaína, quiso estudiar en Orduña, en un antiguo colegio de los jesuitas, en donde obtuvo excelentes calificaciones y menciones de honor.

Sus inicios bodegueros comienzan cuando Rafael se traslada a Bayona a trabajar en una compañía comercial de vinos. Allí conoció a Armande Heff y Rousille, un negociante francés almacenista en Haro, con el que más tarde se asoció, trasladándose a la ciudad jarrera, cuyo almacén sería unos años más tarde el embrión de la Bodega López Heredia. Naturalmente, el almacén se levantaba en la estación de Haro, donde se ubicaba el núcleo de los almacenistas franceses en razón de la servidumbre de la estación, donde se cargaba la mercancía vinícola a Bilbao. La célebre estación sería el punto de partida de gran parte del consumo y comercio vinícola que llegaría a Bilbao gracias a la línea férrea fundada en 1864.

R. López de Heredia - Viña Tondonia

Próximo capítulo:

Bodegas Bilbaínas, Franco Españolas, Cosme Palacio y CUNE.

    Escrito por Jose Peñín

    Uno de los escritores de vinos más prolífico de habla hispana y más conocido a nivel nacional e internacional.  Decano en nuestro país en materia vitivinícola, en 1990 creó la “Guía Peñín” como referente más influyente en el comercio internacional y la más consultada a nivel mundial sobre vinos españoles.

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