5 planes para 5 madres
5 bodegas y 5 planes de vino adaptados a cada tipo de madre.
Durante años nos han repetido hasta la saciedad que el vino y el picante se llevan fatal: como esos amigos a los que nunca puedes invitar a la misma fiesta. Pero la realidad es que la sriracha, el kimchi y el tabasco están cada vez más presentes; hemos pasado de la tortilla de patatas al ramen y los ceviches en tiempo récord. Pero parece que nuestras copas se han quedado un poco atrás. Hoy nos enfrentamos a un gran reto: maridar vino con comida picante.
Lo que nos dice el instinto cuando algo pica es correr a por un vaso de agua bien fría. Pero, seamos honestos, renunciar al vino cuando la comida se pone interesante es perderse la mitad de la diversión. Aunque no te lo creas, el vino, bien elegido, tiene la capacidad mágica de envolver el picante, de suavizarlo e incluso, de hacerlo más elegante.
Vamos a desmontar este mito y te daremos las claves para elegir ese vino que hará que tu próximo plato picante sepa a gloria.
El picante no es un sabor, es una sensación de dolor. Sí, suena dramático pero tus receptores térmicos lo creen así. Por eso, cuando maridamos comida picante, no buscamos potenciar sabores, sino gestionar sensaciones.
La capsaicina (compuesto derivado de los chiles o guindillas) se agarra a tus receptores de calor y les dice que todo está ardiendo. Al unirse con los taninos, estos se vuelven ásperos y el vino pierde toda su fruta; es como si le echaras gasolina al fuego. Si, además, le sumas un alcohol elevado, la sensación de quemazón se multiplica, porque ayudas a que el picante se “pegue” más a tus papilas.
Por suerte, igual que hay gasolina, también hay extintores. El secreto de un buen maridaje reside en la poción mágica que salva todas las cenas: frescura, burbujas y, a veces, un toque de azúcar. No es un conjuro, es más simple de lo que parece: un espumoso que limpie el paladar.
Un tinto joven, sin madera y servido un poco más frío de lo habitual, también puede funcionar si es muy frutal, ácido y poco tánico. Y un vino blanco o un rosado bien frío actúa como un alivio inmediato, bajando la temperatura de los receptores de tu lengua.
No todos los picantes son iguales y, por tanto, no todos necesitan el mismo nivel de rescate. Si tu plato está en un nivel suave, unas patatas bravas o un ceviche con un poco de ají, por ejemplo, el vino será un acompañante que simplemente hará que el plato sea más redondo. No hay demasiado riesgo ahí, así que te puede encajar un espumoso brut nature, un blanco seco como verdejo o albariño o incluso un rosado fresco.
Si subimos al nivel medio con unos tacos al pastor, un chili con carne o una guindilla rebelde, ya debemos buscar un vino con un alcohol moderado para no avivar las llamas. Aquí pueden encajar vinos tintos de maceración carbónica, jóvenes con mucha fruta y cero madera, como una garnacha joven, floral y amable. Si los sirves un poco más frescos de lo habitual, puede contrarrestar el efecto ardiente del picante. Puedes optar también por un blanco con un toque de azúcar residual, algo como un riesling kabinett o un spätlese: el azúcar actúa como bálsamo que envuelve y protege la lengua.
¿Y para el nivel imposible? Esas alitas que te hacen sudar y te abren las fosas nasales de golpe, un hot pot chino o un buen curry indio. Aquí solo hay una salida: un espumoso muy frío. Aunque no lo creas, las burbujas “barren” el picante de tus pupilas y el gas carbónico ofrece un alivio casi inmediato. Pero si eres valiente para enfrentarte a estos platos, sé valiente para innovar y prueba a combinarlos con un vino dulce, capaz de neutralizar el fuego extremo. ¿No lo crees? Prueba y nos cuentas.
Esperamos que después de leer esto, la próxima vez que veas una guindilla en el menú, no busques desesperadamente un vaso de agua. Ya sabes que el secreto está en la acidez, el dulzor y el control del alcohol. No dejes que un mito antiguo te robe el placer de disfrutar de un buen vino con tu comida favorita.
¿Cuál es tu combinación ganadora? ¿Eres de burbujas para el sushi o de rosados para los tacos? ¡Te leemos en redes sociales! Y comparte este post con tu amigo que acaba sudando en todas las cenas.
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