Estás frente a una estantería, bloqueado entre cientos de nombres y regiones, hasta que, de repente, una ilustración llama tu atención. Quizá es un trazo minimalista o un color vibrante o una tipografía curiosa. Es, nada más y nada menos, amor a primera vista. Y eso es arte.
Hubo un tiempo en que las etiquetas eran sobrias, predecibles y, siendo sinceros, un poco aburridas. Eran el DNI el vino: nombre, año y poco más. Sin embargo, nos hemos dado cuenta de que la etiqueta ha dejado de ser un mero requisito legal para convertirse en el manifiesto de la bodega. Así que, queremos aprovechar que el próximo 15 de abril es el Día Mundial del Arte para hablar de la historia de las etiquetas desde el punto de vista estético.
A menudo asociamos el arte a esculturas de mármol o lienzos de oleos, pero olvidamos que el arte es, sobre todo, una forma de comunicación que podemos encontrar en lo objetos más cotidianos, como una botella de vino. Hoy en día, las botellas no solo contienen vino. El “arte de vestir el vino” se ha vuelto tan relevante que a veces la etiqueta nos da pistas (o nos lo cuenta directamente) sobre el alma de una zona geográfica o el espíritu de la bodega.
Detrás de cada botella, suele haber una mente creativa que decidió que el vino también se disfruta con la mirada.
Un poco de historia