Lo que hace especial al triángulo Fontanars, Moixent, y La Font ha sido la coherencia y labor de viticultura y elaboración de sus bodegueros. Aquí, la zonificación ha servido para proteger un patrimonio que estuvo a punto de desaparecer.
El nuevo Canon Mediterráneo
La tendencia es imparable. Estamos viendo cómo los vinos valencianos, especialmente los más artesanales y los más volcados en el viñedo, están ganando posiciones en las guías y en las cartas de los mejores restaurantes por tres pilares fundamentales. En primer lugar por el acierto de apostar por uvas como la mandó, arcos o forcallat. Capaces de gestionar el estrés hídrico y que entregan alcoholes moderados y acideces más vibrantes. En segundo lugar la decisión de hacer una intervención justa en sus elaboraciones, recuperando la tradicional arcilla local y apostando por el respeto por la fruta. Y por último por hacer que la madera ya no sea protagonista, sino un discreto acompañante. Todos estos vinos contemporáneos conviven a la perfección con otros grandes ejemplos de enología y viticultura, lo que hace de Valencia una DO muy completa y plural.
El camino emprendido por las bodegas y su creciente respaldo por la DO Valencia al potenciar sus municipios y parajes es un acierto en su camino hacia la distinción. El camino ha de ser el de ofrecer vino del lugar donde se cultiva, con la conciencia de que el nombre del pueblo en la etiqueta vale tanto, o más, que la propia marca comercial. El Mediterráneo ha vuelto, pero esta vez no viene a demostrar su fuerza, sino a darnos una lección de elegancia y territorio.