1995: los grandes de Burdeos pusieron a prueba a Rioja

27 October 2026

Cinco figuras de la élite enológica francesa cataron a ciegas diecinueve vinos riojanos. Sus opiniones retrataron una denominación dividida entre la fidelidad a sus raíces y la tentación de conquistar el mundo con un nuevo estilo.

Rebuscando en el baúl de los recuerdos, me encuentro con un ejemplar de Sibaritas de abril de 1995. Han pasado 31 años y todavía me sorprende la aventura al reunir en Burdeos a cinco de los enólogos más reputados del planeta para que juzgaran, sin etiquetas ni pistas comerciales, una selección de vinos de Rioja.

No era poca cosa. En aquellos tiempos, Burdeos ejercía de capital mundial del vino de prestigio y sus grandes figuras no solían sentarse alrededor de una mesa para examinar vinos españoles por encargo de una revista. Pero allí estaban Jean-Claude Berrouet, de Château Pétrus; Patrick Léon, de Château Lafite-Rothschild; Pascal Delbeck, de Château Ausone; Paul Pontallier, de Château Margaux, y Guy Guimberteau, del Institut d’Œnologie de Bordeaux. Un quinteto de lujo, en suma. Si alguien podía mirar a Rioja sin complejos, pero también sin contemplaciones, eran ellos.

La selección nació de un sondeo entre publicaciones y guías españolas de la época. Buscábamos vinos menos previsibles que los clásicos de siempre, algunos de los cuales todavía no habían alcanzado el nivel que hoy asociamos a sus mejores representantes. También interesaba presentar referencias desconocidas para los catadores franceses. La idea no consistía en organizar una competición patriótica, sino en averiguar qué encontraban aquellos profesionales cuando se les retiraba la etiqueta de delante.

Grandes enólogos bordeleses catando vinos de Rioja

El escenario fue el restaurante Le Chapón Fin, entonces de moda en Burdeos. Francis Garcia se encargó de coordinar la operación y de encajar las agendas de cinco hombres que no andaban precisamente sobrados de tiempo. Se reunieron diecinueve vinos: Viña Alcorta 1.990, Cosme Palacio 1.990, Marqués de Murrieta 1.989, Muga 1.990, Conde de la Salceda 1.987, Viña Amézola 1.990, Viña Berceo 1.992, Conde de Valdemar 1.992, Viña Real 1.987, Marques de Arienzo 1.990, Contino 1.989, Barón de Ley 1.987, Barón de Chirel 1.988, Dominio de Conte 1.989, Marqués de Griñón 1.991, Marqués del Puerto 1.991, Viña Cumbrero 1.990, Faustino V 1.989 y Remelluri 1.989).

Las botellas viajaron expresamente desde España, tres por marca. Se pretendía que llegaran vivas, enteras y sin una evolución excesiva. La cata fue a ciegas, con botellas desprovistas de etiquetas y sustituidas por otras idénticas. 

Los vinos se descorcharon y trasegaron tres horas antes de la sesión. Nada de nombres ilustres, precios, prestigios ni historias comerciales que pudieran predisponer el paladar.

Cinco maneras de entender Rioja

Conviene recordar una obviedad que a veces olvidamos cuando hablamos de grandes catadores: también discrepan. La excelencia profesional no convierte el gusto en una ciencia exacta. Lo que uno interpreta como elegancia, otro puede considerarlo falta de estructura; una madera fina puede seducir a un catador y resultar excesiva para su compañero. Precisamente por eso, aquella experiencia tenía tanto interés. Desgraciadamente los tres primeros fallecieron en el actual siglo. He aquí su examen eminentemente enológico que más destacaron.

Los testimonios de estos expertos no deben seguirse al pie de la letra, ya que se trata de impresiones eminentemente técnicas, basadas en la búsqueda del defecto como profesionales de la cata que son. El menos agraciado de estos vinos presidiría la mesa de cualquiera de ellos. Entonces, sí se buscaría el placer.

Guy Guimberteau, representante del Institut d’Œnologie de Bordeaux, encontró en Cosme Palacio 1990 cierto parentesco con algunos vinos bordeleses. Conde de la Salceda 1987, en cambio, encarnaba para él una Rioja más clásica. Viña Amézola 1990 le agradó por sus aromas dulces y una madera razonablemente integrada. Conde de Valdemar 1992 le pareció ligero, floral y encantador.

No todos sus compañeros compartieron su indulgencia con Viña Berceo 1992. Guimberteau detectó notas animales, pero consideró que el vino mantenía un equilibrio aceptable en boca. Barón de Chirel 1988 le interesó por su intensidad aromática y los primeros signos de evolución. Faustino V 1989 le pareció potente, con la madera bien fundida, aunque echó en falta frescura y una expresión tánica más firme.

Paul Pontallier, entonces al frente de Château Margaux, prestó atención a los aromas. En Muga 1990 encontró un toque láctico, mientras que en Cosme Palacio 1990 advirtió la presencia de madera nueva francesa. De Viña Amézola 1990 destacó la armonía y la textura cremosa, aunque sin una complejidad extraordinaria. Fue bastante menos comprensivo con Viña Berceo 1992, que le resultó vegetal y duro, como si la uva no hubiera alcanzado suficiente madurez. Viña Real 1987 tampoco le facilitó el trabajo: sus aromas extraños y desecados complicaban el juicio. Contino 1989 le gustó por su volumen y cremosidad, pero le faltaba, a su entender, carácter riojano. La misma objeción puso a Marqués de Griñón 1991: buena elaboración, identidad insuficiente.

En cambio, encontró encanto y cierta complejidad en Viña Cumbrero 1990. También valoró el estilo clásico de Faustino V 1989, carnoso y redondo, con la madera bien integrada. Remelluri 1989 le pareció todavía demasiado crudo.

Patrick Léon, procedente de Château Lafite-Rothschild, coincidió en reconocer en Cosme Palacio 1990 un aire bordelés. Pero su idea de un buen Rioja estaba más cerca de Conde de la Salceda 1987: elegancia, feminidad, equilibrio, madera noble y almendras tostadas. No todos los días un vino consigue poner de acuerdo a varios especialistas, aunque sea por razones diferentes.

Marqués de Murrieta 1989 le pareció demasiado ácido, alcohólico y con una madera dura. Conde de Valdemar 1992, por el contrario, le ofreció carnosidad, expresión de la uva y del terruño, además de potencial de evolución. Su favorito de la tanda intermedia fue Contino 1989, por su textura grasa y cremosa, el equilibrio de la madera y los recuerdos de regaliz. Marqués de Griñón 1991 le sedujo con sus notas florales de rosa y laurel.

En la última serie destacó Faustino V 1989 por su potencia y persistencia. Remelluri 1989 le pareció concentrado, mientras que Marqués del Puerto 1991 le resultó agradable, fresco y frutal, concebido para beberse joven.

Pascal Delbeck, de Château Ausone, puso el acento en la identidad. Consideró que Viña Alcorta 1990 y Conde de la Salceda 1987 eran los vinos que mejor expresaban la tipicidad riojana. Cosme Palacio 1990 representaba, en cambio, una elaboración moderna, más intervenida técnicamente y menos apegada a la tradición.

No quedó particularmente entusiasmado con las maderas de Muga 1990 y encontró algo artificial la cremosidad de Viña Amézola 1990. Viña Real 1987 presentó notas de moho y corcho en la primera botella, lo que impidió emitir un juicio concluyente. Marqués de Arienzo 1990 le pareció cálido, con notas exóticas de pimienta, apropiado para la cocina mediterránea. De Barón de Ley 1987 valoró algo que no siempre recibe suficiente reconocimiento: su facilidad para beber. Marqués de Griñón 1991 le gustó por sus notas de sobremaduración y su aptitud gastronómica. Entre los cuatro últimos vinos, su favorito fue Faustino V 1989, por su longitud en boca. Remelluri 1989 le impresionó por su potencia, aunque le costaba identificar su procedencia.

Jean-Claude Berrouet, desde su experiencia en Petrus, mostró especial predilección por Conde de la Salceda 1987. Lo encontró redondo, fundido, con carácter y tipicidad. También le gustaron la elegancia de Viña Amézola 1990 y la personalidad de Conde de Valdemar 1992.

Contino 1989 le pareció moderno, bien elaborado y marcado por la madera, aunque equilibrado. En Marqués de Griñón 1991 descubrió un vino graso, con regaliz, pero alejado de la tipicidad riojana. Menos fortuna tuvo Dominio de Conte 1989, cuya escasa estructura y astringencia dificultaban el disfrute. Remelluri 1989 le llamó la atención por su potencia alcohólica y sus notas caramelizadas, mientras que Marqués del Puerto 1991 le sorprendió con aromas de almendras amargas y torrefactas.

Rioja empezaba a hablar otro idioma

Los bordeleses llegaron con una idea bastante definida de lo que debía ser Rioja: larga crianza, roble americano y una evolución que podía ocultar los rasgos de la variedad y del suelo. Pero el Rioja de los años noventa empezaba a desmarcarse de ese retrato. Las maceraciones más intensas, el roble francés, las barricas nuevas o menos usadas y un embotellado más temprano favorecían otra expresión. También aparecían propuestas con variedades como el graciano e incluso el cabernet sauvignon.

Y aquí conviene desmontar un equívoco: menos tiempo en barrica no significa necesariamente menos madera. Una barrica nueva puede dejar una huella aromática más intensa en menos tiempo que otra muy usada. El calendario, por sí solo, no explica el vino.

Treinta y un años después, aquella cata conserva su interés porque retrata un momento de transición. Ni la modernidad garantizaba calidad ni la tradición aseguraba tipicidad. Había vinos excelentes en ambos mundos y otros que tropezaban con sus propias ambiciones.

Quizá la lección más útil sea también la más sencilla: un vino no tiene que parecerse a Burdeos para ser grande, ni refugiarse en el pasado para ser auténtico. La cuestión es cuánto puede cambiar sin perder aquello que lo hace reconocible.

En 1995, Rioja estaba buscando esa respuesta. Hoy seguimos discutiéndola, botella en mano. Y eso demuestra que, en el vino, las revoluciones más interesantes no son las que cambian las etiquetas, sino las que consiguen que el contenido tenga algo nuevo que contar.

    Escrito por Jose Peñín

    Uno de los escritores de vinos más prolífico de habla hispana y más conocido a nivel nacional e internacional. Decano en nuestro país en materia vitivinícola, en 1990 creó la “Guía Peñín” como referente más influyente en el comercio internacional y la más consultada a nivel mundial sobre vinos españoles.