40 aniversario de Roda: Cuarenta años mirando más allá de la barrica

13 October 2026

En el vino, cuarenta años no son nada. Pero para Mario Rotllant, propietario de Bodegas RODA, son bastantes. Sobre todo, porque cuatro décadas dan para comprobar cómo una idea que en su momento parecía casi una provocación acaba formando parte de la historia

RODA fue uno de los primeros proyectos de la modernidad que aterrizaron en el espacio sagrado del Barrio de la Estación de Haro. Un barrio que, curiosamente, no nació para albergar familias, sino para que los franceses pudieran cargar el vino en los vagones y llevárselo a Francia por los caminos de hierro. Era el último tercio del siglo XIX y el ferrocarril constituía entonces algo parecido al internet del vino: conectaba las bodegas con los mercados y convertía una ubicación privilegiada en una ventaja comercial.

Alrededor de aquella estación fueron creciendo algunas de las grandes casas riojanas. Rioja Alta S.A., CVNE, López de Heredia, Bodegas Bilbaínas, Rioja Santiago, (hoy absorbida por la bodega La Rioja Alta), y Gómez Cruzado encontraron allí el lugar perfecto para almacenar, criar y enviar sus vinos por el mundo.

Aquellos vinos tenían una personalidad muy definida: madera, botella y paciencia. Mucha paciencia. Eran los grandes clásicos de La Rioja, sometidos a largas crianzas que terminarían convirtiéndose en una de las señas de identidad de la denominación. Muga llegó en 1970 y se incorporó a aquella tradición con sus propios matices, aunque ya sin necesitar al ferrocarril como socio comercial. Casi dos décadas después apareció RODA.

Fachada de bodegas RODA.
Fachada de bodegas RODA.

Y aquí empieza otra película.

RODA entró en aquel santuario como un recién llegado dispuesto a cambiar el guion. No venía a repetir el retrato de las interminables andanas de barricas, ni a prolongar indefinidamente la liturgia de la madera. Venía a mirar hacia otro sitio: hacia la viña. Y más concretamente, hacia lo que había debajo de ella.

La palabra terroir empezaba a circular con una fuerza que hoy nos parece normal, aunque hace cuarenta años todavía sonaba a francés con pretensiones. 

RODA quiso buscar la personalidad del vino en las parcelas, en el suelo, en el clima y en el comportamiento de las uvas. La bodega seguía siendo importante, naturalmente, pero ya no constituía el escenario único de la película. El vino empezaba a hacerse también fuera de sus paredes.

Ahí aparece Agustín Santaolaya, una de las figuras fundamentales de aquel cambio de mirada. Su sonrisa perenne transmite la tranquilidad de quien parece convencido de que las cosas acabarán saliendo bien. A comienzos de los noventa, su manera de entender el vino contribuyó a situar la viña en el centro del discurso riojano. Mario Rotllant debió de ver en aquella sonrisa, pero también en sus argumentos, que el proyecto podía funcionar.

De SEFRISA al Priorat de culto

Tengo una gran admiración por Mario Rotllant como empresario y emprendedor. Lo conocí antes de RODA, en su etapa al frente de la distribuidora SEFRISA. Recuerdo especialmente un encuentro en Barcelona, a comienzos de los años noventa, cuando presentó el Clos de l’Obac, el vino de Carles Pastrana que contribuyó a dar visibilidad a la nueva generación del Priorat.

Aquel movimiento, en el que participaron, entre otros, Álvaro Palacios, René Barbier, José Luis Pérez y el propio Pastrana, transformó una comarca rural y vinícolamente periférica en uno de los territorios de culto del vino español.

La historia merece recordarse porque Rotllant no fue únicamente el empresario que impulsó RODA. Su actividad anterior lo situaba también en contacto con aquella nueva sensibilidad que empezaba a sacudir el vino español. La apuesta por proyectos con personalidad, capaces de escapar de los modelos establecidos, formaba parte de un mismo clima de renovación. No se trataba simplemente de elaborar mejores vinos, sino de cambiar la manera de concebirlos y de contarlos.

Mario Rotllant y Agustín Santaolalla.
Mario Rotllant y Agustín Santaolalla.

La cata de los Cuarenta

Y llegamos a la cata de los cuarenta. Celebrar un aniversario vinícola tiene una ventaja: permite sacar del armario las botellas que llevan años esperando su momento y comprobar si el tiempo ha sido con ellas generoso, indiferente o directamente cruel.

El pasado lunes 28, en el Hotel Wellington, RODA reunió a periodistas y expertos para catar diez vinos. Diez botellas para recorrer cuarenta años de historia. Estaban, naturalmente, buenísimos. Faltaría más. Pero una cata de aniversario no consiste únicamente en comprobar que los vinos siguen en forma. Hay que buscar también las cicatrices del tiempo, los cambios de estilo, las modas que dejaron huella y esas pequeñas diferencias que para el consumidor corriente pasan inadvertidas, pero que para el catador pueden convertirse en una novela de trescientas páginas.

Eso sí, si la intención era reconstruir sensorialmente los cuarenta años de RODA, yo habría sacado del sótano alguna botella más de aquellos primeros años noventa, como las añadas 1994 y 1995, en lugar de limitar la representación de aquella época al RODA I 1992.

Aquel vino lo conocí cuando lo caté para la Guía de 1998 y le concedí 90 puntos. Conviene recordar que un 90 de entonces no era exactamente el 90 de ahora. Había menos inflación de puntuaciones y, por tanto, conseguirlas tenía bastante más mérito.

El RODA I 1992 que volvimos a catar conservaba todavía una intensidad de color considerable. En mi cata de hace veintiocho años había destacado su elegancia, su textura glicérica y unos ahumados de excelente cremosidad, aunque la madera sobresalía entonces sobre la fruta.

Presentación Roda en el hotel Wellington.
Presentación Roda en el hotel Wellington.
Presentación Roda en el hotel Wellington.
Presentación Roda en el hotel Wellington.

Hoy el tiempo ha hecho su trabajo. Han aparecido el tabaco, el cuero, los matices de reducción desarrollados durante la crianza en botella y esos tostados que recuerdan el paso por el roble, ahora integrados en una fruta menos ampulosa. Es otro vino. ¿Mejor? No necesariamente. Distinto. Y en el vino, a menudo, esta última palabra resulta bastante más interesante que la primera.

El RODA I 2001 procedía de una cosecha famosa en Rioja por su excelencia, pero tampoco me pareció superior al 1992. Tenía esa finura que los años van puliendo como quien pasa lentamente una lija sobre una superficie noble. Taninos muy sutiles y una redondez casi esférica.

El 2011 mostraba otra cara: fruta muy madura, hollejo curtido por el sol, tostados finos, cacao y recuerdos lácteos del roble francés. Un vino en plena madurez, cuando el tiempo empieza a convertirse en un ingrediente más de la botella.

Pero los dos tintos que más me impresionaron fueron el RODA I 2021 y el CIRSION 2022.

El RODA I 2021 me pareció un vino de gran complejidad y finura, con esa elegancia cremosa que recuerda a la vainilla tostada, los granos de café recién tostados y una fruta negra perfectamente integrada. Un tinto seductor, pero sin esa necesidad tan contemporánea de demostrar sus virtudes a gritos.

El CIRSION 2022 iba por otro camino. Más explosivo, con fruta madura y un auténtico ramillete de frutas y especias, sutilmente tostadas, recorriendo las papilas. La sensación en boca era envolvente, casi tridimensional. De esos vinos que hacen que uno deje de escribir durante unos segundos.

Entre los blancos me quedo con el RODA I 2019, elaborado con viura, garnacha blanca y malvasía. En mi opinión, reduciría algo la viura, aumentaría la garnacha blanca para aportar un carácter herbal mediterráneo más acusado y elevaría ligeramente la proporción de malvasía para ganar volumen en boca. Son matices personales, naturalmente, pero también forman parte de la libertad de quien se sienta a catar sin necesidad de aplaudirlo todo.

Y una pequeña pega

Precisamente porque los vinos merecen atención, me permito una crítica a la organización. Tres horas sentado para catar diez vinos son muchas horas, incluso cuando la compañía es excelente y las botellas están a la altura.

Yo habría preferido una intervención inicial de Mario Rotllant para explicar qué han sido estos cuarenta años; después, una presentación concisa de Agustín Santaolaya sobre cada vino y, a continuación, a catar. Menos ceremonia y más copa. Al fin y al cabo, RODA nació para mirar más allá de la barrica. También podría celebrar su aniversario mirando un poco más allá del protocolo.

    Escrito por Jose Peñín

    Uno de los escritores de vinos más prolífico de habla hispana y más conocido a nivel nacional e internacional. Decano en nuestro país en materia vitivinícola, en 1990 creó la “Guía Peñín” como referente más influyente en el comercio internacional y la más consultada a nivel mundial sobre vinos españoles.