El Tempranillo: crónica de nuestra casta más ilustre
Descubre el origen y características del tempranillo, la reina del viñedo español.
La marca Burdeos ha dejado de ser el modelo absoluto de los grandes vinos del mundo. No porque haya perdido calidad —hoy se elaboran igual o mejor que hace décadas—, sino porque el resto del planeta ha alcanzado su altura.
Hace más de cincuenta años, cuando me inicié en el vino, ingresé en una suerte de religión cuyo santuario era Burdeos. Nadie cuestionaba a aquella aristocracia enológica, hermética y segura de sí misma. Su historia, su regularidad y su jerarquía —solo comparable a Borgoña— la habían convertido en referencia indiscutible. Además, supo institucionalizar el concepto de terroir, como negocio aristocrático elevándolo a doctrina del lujo.
El contraste con el resto del mundo era evidente: en el Nuevo Mundo vinos que aspiraban a imitar jereces y oportos, una Italia diluida en chiantis de garrafa y lambruscos complacientes, y una España todavía anclada en la cultura del granel y sangría. Frente a ese paisaje, Burdeos se mantenía erguida, sostenida por sus vinos míticos. Las guías especializadas encumbraban los grands crus classés, mientras la etiqueta, la historia y el precio blindaban cualquier juicio crítico.
Pero el mundo ha cambiado. La calidad se ha globalizado. Hoy, los grandes vinos ya no son patrimonio exclusivo de Burdeos ni de Borgoña. La crítica internacional, amplificada por el ecosistema digital, ha extendido el reconocimiento a territorios antes periféricos. Aun así, los cinco Premier Grand Cru Classé —Lafite, Latour, Margaux, Haut-Brion y Mouton Rothschild— siguen generando admiración. Son referencias que condensan todos los adjetivos posibles de la excelencia y siguen siendo objeto de deseo en las subastas.
Sin embargo, su vigencia se sostiene cada vez más en la marca que en el contenido. Se han convertido en activos financieros cuyo precio responde a las reglas del lujo. Tras más de 170 años de historia, estas etiquetas han transitado entre dos naturalezas: objeto de placer y vehículo de inversión. Nunca ha estado del todo claro cuál de las dos cuenta más en determinadas botellas.
Margaux, uno de los cinco Premier Grand Cru Classé.
El valor del vino se apoya en pilares reconocibles: marca, origen, escasez y añada. A veces, una cosecha antigua alcanza cotas superiores, aunque solo los verdaderamente expertos distinguen entre vejez y grandeza.
El mercado también ha mutado. Los nuevos operadores de subastas —más jóvenes y globales— ya no rinden el mismo culto al mito bordelés. Están mejor informados y más abiertos a otros orígenes. En paralelo, ha surgido el fenómeno del Bordeaux bashing: una reacción crítica de nuevos consumidores, sumilleres y prescriptores digitales que rehúyen unos vinos percibidos como burgueses y sobrevalorados, en busca de alternativas más auténticas y competitivas. Oportunidades que dejan a los grandes vinos bordeleses como meros objetos de inversión porque el descorche de sus botellas ya no causa la emoción sensorial de antaño.
El primer gran aviso llegó en 1976 con el Juicio de París. Aquella cata a ciegas enfrentó vinos californianos con los grandes nombres de Burdeos y Borgoña. Contra todo pronóstico, los estadounidenses se impusieron. El dogma se resquebrajó: Burdeos dejaba de ser invencible.
El mito nace en la primera mitad del siglo XIX, cuando los comerciantes del muelle de Chartrons, orientados al exigente mercado inglés, decidieron jerarquizar los vinos de la región. La Cámara de Comercio de Burdeos encargó la clasificación al Sindicato de Corredores de Comercio, cuyos miembros no realizaron catas específicas para la ocasión.
Su criterio fue otro: la reputación histórica de cada propiedad y, sobre todo, los precios de mercado sostenidos a lo largo de un siglo. Esto indujo al emperador Napoleón III a impulsar la creación de un sistema que identificara y exhibiera los mejores productos de Francia, entre ellos sus vinos, ante una audiencia internacional creciente.
El objetivo era doble: por un lado, proyectar una imagen de excelencia nacional; por otro, facilitar la compra en un mercado fragmentado, donde miles de châteaux competían sin una jerarquía clara. Se trataba, en definitiva, de ofrecer al comprador extranjero una brújula fiable en el laberinto bordelés. En ese contexto, el precio funcionaba como un veredicto acumulativo: no solo reflejaba la calidad percibida, sino también la consistencia y el prestigio de cada château en el tiempo. En un mundo dinámico como el actual, resulta difícil justificar que 61 tintos y 22 blancos que componen los Grand Cru Classè, mantengan un estatus casi inamovible desde hace más de siglo y medio como un coto cerrado, con calidades y precios desde 22 euros la botella y que oscilan de forma notable según la añada.
Con el tiempo, el mercado internacional pensó que con la marca genérica Bordeaux era suficiente sin entrar en el detalle de que los “grand cru” eran las locomotoras del resto cuando en realidad esta élite representa apenas un 3% de los cerca de 700 millones de botellas que produce la región. Durante décadas, el mercado estadounidense —y más recientemente el asiático— se dejó seducir por el hechizo de la marca. No faltaron inversiones impulsivas, como la compra de châteaux de segunda línea por parte de capital chino en un intento de que la marca Bordeaux abriría todas las puertas. El resultado fue decepcionante vendiendo el negocio al mejor postor.
Hoy, ese hechizo se debilita. La marca Bordeaux ya no basta. Otros territorios ofrecen vinos de igual o mayor calidad, con relatos más contemporáneos y precios más ajustados. La crisis de consumo y la pérdida de magnetismo han obligado incluso a arrancar viñedo y destilar excedentes, algo impensable en Burdeos no hace tanto.
El vino se ha consolidado como activo financiero. Más del 80% de los inversores lo considera un refugio relativamente seguro, ajeno en parte a las turbulencias de otros mercados. Pero esta financiación introduce una paradoja: cuanto más se valora como inversión, más se aleja de su esencia, que es ser bebido. También han aparecido los coleccionistas de cosechas y marcas sin descorche más allá de la simple inversión.
Las subastas tradicionales han cedido terreno a plataformas digitales en tiempo real, más accesibles y menos ritualizadas. Aun así, los cinco Premier Grand Cru Classé permanecen como una burbuja casi intacta, pero sin el desmadre de los precios de antaño. No siempre es posible discernir si su demanda responde al deseo de beberlos o de almacenarlos como activos.
El auge del vino de lujo, impulsado por nuevos compradores más informados, ha reforzado esta dualidad. Grandes patrimonios lo utilizan como diversificador por su potencial de revalorización y su escasez. Al mismo tiempo, emerge un consumidor que, sin aspirar a esas cumbres, busca vinos para beber de alto nivel en franjas más razonables, entre 40 y 60 euros, con menor carga simbólica y mayor libertad de disfrute.
Bordeaux como señuelo, ya no es una garantía universal. Sobreviven, sobre todo, las marcas más prestigiosas ancladas no solo en el Medoc -el universo de los Grand Cru Classè- sino también en el Libournais -Pomerol y Saint Emilion- en cuyas etiquetas no aparece Bordeaux como reclamo, solo la marca y el nombre del municipio.
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