El Hierro, un diamante en bruto

6 July 2023

Pocos lugares existen en el mundo, y menos en España, capaces de haber permanecido inalterables a los vaivenes del vino como le ha sucedido a El Hierro. Un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, donde los viticultores compatibilizan sus quehaceres en la viña con otros trabajos y donde la cooperación en el campo entre pequeños productores forma parte de su ADN. Así de especial es El Hierro.

Recientemente tuvimos oportunidad de visitar la isla y catar sus vinos, catas que hoy hacemos públicas y que puedes consultar pinchando aquí. El Hierro tiene mucho que decir en el mundo del vino y está empezando a despertar.

Se trata, la isla más alejada de África, ha permanecido aislada por muchos años, lo que le ha servido para mantener inalterada su esencia vitícola como ninguna otra zona del país. Ese aislamiento que ha sido de ayuda para conservar las cosas realmente importantes del vino, prácticas de viticultura y varietales propios y únicos, también ha sido la cruz de la misma moneda, el desconocimiento de su existencia por parte del consumidor más allá de las islas.  Por fortuna algo en los productores de El hierro está despertando, un pequeño anhelo de que sus vinos sean reconocidos más allá de su tierra, algo que podrá disfrutar un público deseoso de encontrar vinos que cuenten historias reales y propias y las que tienen en la isla son dignas de ser contadas.

Las claves de la isla

Al ser la isla más pequeña, meridional y occidental de las Islas Canarias, y al tratarse de ser la isla más joven del archipiélago su desarrollo ha ido por otros cauces más agrícolas. El vino en El Hierro ha sido durante siglos una parte inseparable de la isla, importante en términos de producción y exportación en épocas pasadas que poco a poco fueron perdiendo fuerza. Nos encontramos probablemente en el lugar donde más significado tiene el término minifundio, con más de 238 viticultores para poco más de 114 hectáreas repartidas en 268 km2 de superficie que tiene en total la isla. La vid se extendió por cualquier rincón de sus empinadas montañas, dibujando un paisaje insólito y vertiginoso que nos traslada al concepto de viticultura heroica pura. La isla cuenta con tan solo 14 bodegas y sus viñedos son todos prefiloxéricos.

El cultivo de las uvas isleñas entremezcladas, blancas y tintas, permitió que nacieran nuevas variedades de uva únicas y exclusivas de la isla como la verijadiego blanca, la segunda uva más cultivada en la isla, por detrás de la listán, más extendida por su fortaleza y producción (50%). Sus uvas históricamente le elaboraban entremezcladas en lagares a pie de viña, haciendo que la ubicación del lagar fuese la que marcase la mezcla de uvas a vinificar y engarrafar, ya que trasladar la uva de un lugar a otro era y sigue siendo la parte más costosa de un cultivo tan azaroso y físico como el herreño. A día de hoy se pueden ver más de 120 lagares repartidos por toda la isla, algunos ocultos ya por la salvaje naturaleza, todo un espectáculo que nos permite remontarnos a la época dorada del vino herreño y tomar conciencia de la importancia de recuperar buena parte del esplendor pasado de la isla. Por otra parte, es importante reseñar que la escasez de agua hizo del vino una de las bebidas importantes de la isla, siendo el sustituto en muchos casos ante la necesidad de recorrer largas y empinadas distancias para obtener la preciada agua, que era reservada para las bestias, para el aseo y para un uso y consumo de mínimos.

Como es lógico, la gran mayoría de los trabajos de viña en la isla no se pueden mecanizar, lo que ha permitido que siga casi inalterable el concepto de vinos artesanales, aunque poco a poco se van mejorando los procesos de elaboración con la ayuda de la tecnología.

Otro aspecto importante para entender el desarrollo del vino de la isla ha sido su disposición geográfica. La lejanía de la isla respecto a otros grandes núcleos de población ha repercutido enormemente ya que todos los materiales que se importan a la isla triplican su precio por el encarecimiento del transporte, lo que acaba repercutiendo directamente en el precio de salida de los vinos al consumidor final. Además, unas escasas producciones, dramáticas en los años de sequía, ha hecho que los herreños se volcasen en el comercio interno, impidiendo que sus vinos llegasen a otros rincones de España y cómo no, del mundo.


La llegada a la isla de un proyecto capitaneado por jóvenes experimentados en el conocimiento de vinos internacionales como es el caso de la bodega Bimbache, ha despertado el interés sobre un lugar que vivía exclusivamente para sus habitantes y sus turistas rurales, una oportunidad para todos aquellos que desde siempre han estado ahí manteniendo viva la viticultura, aunque no fuese fácil. Los lugareños tienen tanto apego a la tierra que la subsistencia de la vid ha sido casi por una cuestión de amor y orgullo, aunque los números no siempre saliesen.

El vino herreño de ayer, de hoy y del futuro

Los vinos de la isla conviven a día de hoy en un universo de singularidades muy ilusionante, pero a su vez con importantes retos a los que hacer frente para poder posicionarse como un productor relevante. Los vinos todavía adolecen de un exceso de alcohol, unos niveles que aunque se equilibran con su refrescante acidez, gracias a los alisios, todavía no les permiten configurar un estilo más afilado. Reducir estos niveles de alcohol permitirían adaptar sus vinos a los estándares internacionales al tiempo que les permitiría apostar más evidentemente por la evolución de los vinos en botella.


El estilo clásico de los vinos de El Hierro se acerca a los vinos “generosos” en alcohol, una generosidad que les permitía aguantar los traslados por mar sin que el vino resultase perjudicado. Hoy en día el transporte ya no es el mismo y esa capacidad de evolución se puede afrontar con la gran acidez de sus vinos. En un lugar donde el precio de la producción está muy por encima de la media, con producciones irrisorias sólo queda la posibilidad de apostar por la elaboración de vinos de altos vuelos en los que poder repercutir todos sus sobrecostes, tal y como hacen otras zonas como Priorat. Sin embargo, aunque la sencillez de estilo impera todavía en muchas de sus elaboraciones, la singularidad del terruño aflora con gran facilidad, y ahí es donde termina por encajar entre un público ávido de nuevas experiencias en el vino.

El Hierro tiene y puede desarrollar aún más la capacidad de mostrar algo diferente y único. La verijadiego local, la uva blanca que más singularidad aporta a sus vinos es muy especial, con notas silvestres y florales muy interesantes y diferentes, algo que muchos explotan casi de forma inconsciente, si no se empeñan en utilizar levaduras que interfieran en los aromas y sabores propios de la uva. 

La singularidad de sus suelos, arenoso-pedregosos y de rofe, ricos en basalto, el régimen de altitudes que van desde el nivel del mar hasta los 950 metros de la zona de El Pinar, y sus variedades locales, hacen de esta isla un auténtico diamante en bruto. Estamos en un punto de inflexión de la isla, que ya empieza a querer reclamar su lugar en el mundo del vino, un lugar que sin duda tiene oportunidad de ocupar si las cosas se hacen con cabeza.

    Escrito por Javier Luengo, director editorial de Peñín