Mis primeros viajes al vino

29 noviembre 2021

Mis primeros meses de trabajo en la segunda mitad de los Setenta, obviamente, los dediqué a visitar la Rioja. El nombre, alojado en las memorias de los pudientes, se convertía en la primera asignatura de la calidad, con la sensación de que los vinos serían más caros y, efectivamente, lo eran. Que era más difícil encontrar tesoros inexplorados de cierta envergadura cualitativa que no fueran los históricos, o los de los vinos de cosechero sin etiqueta. Sin embargo, encontré dos bodegas desconocidas: Muga y Marqués de Cáceres.

En aquellos años, tenía la impresión de que toda la Rioja estaba volcada en los escaparates nacionales. En esos años, como zona vinícola de lujo para el mercado español, apenas sonaba en los mentideros internacionales. Solo Hemingway fue el reclamo, por sus paseos por los subterráneos de Paternina en Ollauri, emborrachándose a las puertas de su muerte. Era el retrato lastimero que afectaba a la buena condición de las bodegas históricas

Muga 1970, mi primer vino

En el año 1974 Bodegas Muga era un perfecto desconocido. Me llamaron la atención sus etiquetas, que reseñaban el año de cosecha. Entonces era normal que, en las botellas, salvo cosechas sublimes y tras un largo periodo en barrica, no figurara la añada.

ANTIGUA BODEGA MUGA EN EL CASCO URBANO DE HARO

Muga comenzó en 1932 en el casco antiguo de Haro como bodega de cosechero y en 1964 se trasladó al Barrio de la Estación de Haro. Un lugar entonces conocido popularmente como barrio de Cantarranas. Un espacio sagrado donde solo habitaban las bodegas herederas de los almacenistas franceses, y Muga se coló en este microcosmos. Con humildad, y sin hacer ruido, la pétrea fachada de Muga compartía calle con Rioja Alta S.A., enfrente de la imponente fachada de López de Heredia.

La primera botella etiquetada fue la de la cosecha 1968, y que correspondía a la marca Prado Enea. Sin embargo, me decidí por el tinto Muga 1970 con menos crianza. Creo que adquirí 300 cajas de 6 botellas con un éxito inigualable. Para el pago de la mercancía tuve que tratar financieramente con Mapfre, que era el socio que necesitó Isaac Muga para arrancar. No era malo un accionista como esta aseguradora de temple más social, creada en la República como una mutualidad destinada a asegurar a los trabajadores de las explotaciones agrícolas.

Cuando viajé por vez primera a la bodega llamé a la puerta de madera después de atravesar la cancela metálica del pequeño jardín.

Isaac MugaIsaac Muga

- “Buenas, soy Peñín, el que le llamó ayer”.

- “Pasa chaval -no tardó ni 5 segundos en preguntarme-, y eso de un Club de Vinos,  ¿qué es”? Isaac Muga “Isacín”, el hijo del fundador, me recibió en la misma puerta, con la fisonomía de bodeguero con mono y boina, con mejillas redondas y coloreadas como las de un destilador escocés. Mientras me enseñaba los conos de madera y barricas, me daba una información de tradición elaboradora a base de claras de huevo, trasiego manual, tinos de roble y todo roble. Vendía el rioja eterno, tinto Prado Enea como Gran Reserva 1968 y Muga 1970. El culto al roble era muy singular. No hay que olvidar que las andanas de barricas viejas y húmedas eran el retrato riojano pero, en el caso de Muga, me fijé que ese roble me parecía más límpido y de mejor aspecto que el del resto de las bodegas históricas, posiblemente por su historia más reciente. Por vez primera, me entero de una práctica como el clarificado de la clara de huevo, que exhibían en la discreta publicidad de esta casa. El Prado Enea me parecía más clásico por su condición de Gran Reserva y, por tanto, más caro. Fueron las dos primeras cosechas de esta casa las que dieron un importante mordisco al prestigio de los influyentes de la tradición formada por los Cvne, López Heredia, Rioja Alta y Bilbaínas.

Marqués de Cáceres, la revolución riojana

En 1975, Isabel Mijares me habló de un rioja muy “francés”, propiedad de un español que tenía también dos chateaux en Burdeos. El asunto se ponía interesante por la sospecha de que sus vinos tendrían la impronta bordelesa frente al tradicional rioja de entonces, ligero y suave de infinitos trasiegos y con un regusto algo astilloso del roble americano de entonces. El nombre Marqués de Cáceres me desorientó por lo que implicaría el vincularlo a un vino extremeño, casi un nombre de ficción. No obstante, no dejaba de ser un título nobiliario, por lo que me puse en marcha al volante de mi Land Rover camino de Cenicero para conocer al marqués de Cáceres y probar sus vinos.

Atravesando una cancela barroca de hierro, vi un edificio neoclásico de cierto estilo francés, dando la sensación de ser de cartón piedra construido pocos años atrás. Me recibió Enrique Forner, su propietario.

- “Encantado de conocerle, señor marqués” -le dije un tanto despistado- “No, no soy el marqués”, -respondió-.

El Marqués de Cáceres es un valenciano, Juan Noguera, que cedió su título a la bodega como marca. El término Cáceres le viene por ser el segundo apellido de Juan Ambrosio García de Cáceres, al que el rey Carlos VII otorgó el marquesado. No estaba descaminado Forner entendiendo que con la palabra “marqués” el vino tendría mejor salida y que podría ser equivalente a “chateau” en Francia.

Subsanado este capítulo, don Enrique me descorchó una botella que rompía el molde tradicional riojano, reseñando la añada en su etiqueta, al igual que el de Muga. Este hecho era algo insólito en la mayoría de los vinos de la Rioja, cuando lo normal era 3º, 4º o 5º año, lo que te permitía mezclar vinos de distintas añadas. Forner jamás quiso entrar en esa dinámica, fiel a su espíritu afrancesado y con un asesor estrella, como fue Emile Peynaud. ¿Cómo me pareció aquel vino? Fue un vino extraño, revolucionario para lo que era el vino riojano en aquellos años.  De poco cuerpo y poca intensidad de color y de taninos pulidos, fruto de infinitos trasiegos, con un fondo de madera americana menos curtido que en la actualidad.

ENRIQUE FORNER Y EMILE PEYNAUD Enrique Forner y Emile Peynaud

Pues bien, aquel vino “raro” era todo lo contrario: color más intenso, predominio de la fruta, que en aquellos años no estaba bien visto, pues se intentaba “desfrutar” el vino manteniéndolo un año en cemento para evitar los gustos que lo relacionaran con un vino joven. Esa expresión “desconocida” de la tempranillo aparecía perfectamente fundida con el roble. Por primera vez, percibí que los olores a champiñón, humedad, madera vieja y vinagrillo que desprendían los suelos de gran número de bodegas riojanas se sustituían por aromas limpios, roble nuevo y fruta, como los que se respiran hoy. Una pulcritud que se estilaba ya en el Medoc bordelés.

Pionero en la crianza en botella

Me llamó la atención que en una de las naves de crianza almacenara tantas botellas en posición horizontal sin etiqueta.

- “Señor Peñín, estas botellas pasan durante un año un periodo de crianza en vidrio antes de su venta para que los picos tánicos y el roble se ensamblen”.

- “Oiga Forner, siempre he creído que los vinos ya envasados durante ese periodo no cambian -le dije un tanto sorprendido-, a no ser que los guarde para dentro de muchos años como testimonio de esta cosecha, como hace Riscal”.

El tinto Marqués de Cáceres iba a contracorriente de las fórmulas riojanas imperantes en aquella época. Lo que nadie sabe es que Forner fue el pionero en sugerir modelos de rioja de corte francés que pocos años más tarde se implantarían en el Reglamento de la D.O.: reseña de la cosecha en las etiquetas, colores más oscuros en los tintos, blancos afrutados sin madera, crianzas más cortas en barricas nuevas y envejecimiento en botella previo a la comercialización, cuando la tradición era embotellar y etiquetar para la venta tan pronto salía de la barrica.

Enrique Forner (fallecido en 2011) era una persona elegante, distante, discreta y educada a la francesa debido a sus tiempos bordeleses. Era duro de roer a la hora de la negociación del precio, algo que no me había ocurrido hasta ese momento con otros vinos. Recuerdo que no se apeaba de las 110 pesetas, un 20 por ciento más caro que los demás riojas de esa añada. Adquirió las buenas costumbres bordelesas de no ceder un palmo en el precio. Dudaba si mis clientes iban a aceptar un vino opuesto al Muga, con más sentido riojano, que tanto éxito tuvo en el club. Eran tiempos cuando los vinos riojanos se exportaban con menos madera. Por eso, gran parte de sus primeras producciones las vendía al extranjero, y alguna botella en dos o tres restaurantes madrileños. El vino lo presenté a mis asociados en mayo de 1976 con un resultado espectacular.

Cuando abandonaba la bodega me fijé en unas cajas de vino ordenadas en palets con la desconocida etiqueta de El Coto de Imaz. Pregunté si esa marca era propia, Forner me respondió que pertenecía a unos empresarios catalanes que, bajo el modelo hoy conocido como “por para”, vendían con éxito en Cataluña embotellado con el vino de la bodega Marqués de Cáceres. Hace unos años descorche la última botella que me quedaba del Coto 1970, cuya etiqueta aparecía con el registro de embotellador de la Unión Vitivinícola, razón social de la bodega de Forner.

Aquel tinto Marqués de Cáceres Crianza creó el perfil de cata que hoy es mayoritario en los vinos de este género: Cereza oscuro, aroma frutal fundido con roble cremoso, cuerpo medio…etc. Una revolución en 1975 y una normalidad en 2021.

    Escrito por Jose Peñín

    Uno de los escritores de vinos más prolífico de habla hispana y más conocido a nivel nacional e internacional.  Decano en nuestro país en materia vitivinícola, en 1990 creó la “Guía Peñín” como referente más influyente en el comercio internacional y la más consultada a nivel mundial sobre vinos españoles.

¿Cómo empecé en el vino?

Estoy seguro de que el periodista que me hacía esta pregunta intuía la respuesta como que mis primeros pasos fueron guiados por la afición y emoción hacia esta cultura milenaria, y nada de esto sucedió.

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