Vinos sin alcohol, ¿vino u otra cosa?
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En menos de un año he asistido a tres eventos dedicados a la promoción y cata de vinos argentinos. Hace apenas unos días, la embajada de Argentina abrió sus salones para presentar los vinos de diez bodegas mendocinas. Antes, el 6 de octubre de 2025, se celebró el I Salón de Vinos de Argentina, con la participación de 36 bodegas y diversas charlas sobre la dimensión cultural y económica del vino gaucho. Y el 12 de mayo tuvo lugar una cita singular: la presentación en Madrid de añadas históricas de Catena Zapata, la bodega insignia del país. Tres actos distintos, un mismo mensaje de fondo: Argentina quiere —y puede— vender vino en un país vinícola como España.
Y, sin embargo, el reto ya no es el que era. La venta online, la eficiencia logística y el poder de las redes sociales han desplazado el foco desde los territorios hacia las marcas. Hoy resulta más sencillo adquirir un vino francés, italiano o alemán que hace una década. Y el argentino no es una excepción. En ese contexto, España aparece como un mercado natural al que conviene prestar atención.
Persiste, no obstante, en parte del periodismo especializado europeo un cierto complejo de superioridad histórica hacia los vinos del Nuevo Mundo, una mirada más heredada que contrastada, que ya no se sostiene frente a la realidad cualitativa actual. Las tres experiencias recientes confirman que el vino argentino vive un momento particularmente dinámico, tanto desde el punto de vista enológico como comercial: una promoción abierta y sin complejos, muy a la italiana, combinada con una estructura productiva eficaz, de inspiración claramente americana.
La cita del 12 de mayo de 2025 en Madrid, protagonizada por Catena Zapata, volvió a situar a esta bodega como el gran referente del vino argentino a escala internacional. Su dimensión empresarial —millones de botellas— convive de manera sorprendente con una gama de vinos de altísimo nivel. No se trató de una simple presentación de catálogo, sino de una declaración de intenciones: los vinos argentinos también saben envejecer.
Así lo demostraron las cosechas antiguas que dieron título y sentido a la sesión, en presencia de Adrianna Catena, hija de Nicolás Catena, patriarca de la casa y principal impulsor de la proyección internacional del vino argentino.
Entre los blancos destacó el Catena Chardonnay 2001, de brillante color dorado y evocaciones de frutos secos (almendra) propias del paso del tiempo, donde la reducción acumulada por los años en botella no anulaba un persistente soplo de fruta madura, acompañado de una delicada dulcedumbre. El Adrianna Vineyard Chardonnay 2015 ofrecía, en cambio, una lectura más borgoñona: color pajizo luminoso, recuerdos de hierba seca y fruta madura, excelente fluidez en boca y una acidez integrada pero viva, propia de un año más fresco.
En tintos, el Catena Alta Malbec 2000 mostró un perfil de acento casi bordelés, intenso, potente y carnoso, sin perder elegancia. Pero fue el Nicolás Catena Zapata 2005 el vino que más me sedujo. Como he señalado en otras ocasiones, es quizá el menos “argentino” del catálogo: un 78 % de cabernet sauvignon ensamblado con malbec. Tras casi veinte años en botella, se presenta profundo y armonioso, de color intenso pero refinado, lleno y carnoso, con taninos sedosos, dulcificados tanto por el tiempo como por sus 14 grados bien integrados. Un vino impresionante.
El I Salón de Vinos de Argentina fue, sin duda, una demostración de poderío. Reunir en España a 36 bodegas procedentes de las cuatro grandes regiones vitivinícolas del país no es fruto de la casualidad. Detrás de la mayor muestra de vinos argentinos celebrada hasta la fecha hay un nombre propio: Pilar Oltra, empresaria de origen argentino, española de adopción, y principal impulsora del evento. Propietaria de los restaurantes Vinology, donde el vino ocupa el centro del discurso gastronómico, Oltra ha sabido construir un escaparate sólido y coherente.
Otro ejemplo significativo es El Enemigo Cabernet Franc 2022, donde un 90 % de esta variedad se complementa con malbec. Un vino de enología reflexiva, casi filosófica, propio del talento inquieto de Alejandro Vigil, también alma creativa de Catena Zapata. No es casual que El Enemigo sea un proyecto compartido con Adrianna Catena.
De Michelini i Mufatto me interesó especialmente el comportamiento de la chenin blanc en Propósitos 2022, más frutal que sus equivalentes del Loira, aunque menos tipificado, y el semillón Certezas 2022, de mayor volumen y estructura. Entre los tintos, me atrapó la elegancia poco frecuente de la malbec, Piedra Negra Gran Malbec 2021.
De nuevo la embajada argentina fue más protagonista convocando a la crema del periodismo y sumillería en colaboración con Pro Mendoza para que en sus salones se exhibieran 10 bodegas de la región de Mendoza, la más importante de Argentina y que reúne a más del 70% del viñedo y la producción vinícola del país.
La impresión general fue la confirmación de una calidad global muy elevada, con escasas diferencias entre bodegas. Entre los vinos probados destacó el Esencial Naranjo 2024, de Viña Alta, elaborado con pedro ximénez y cuarenta días de maceración con hollejos. Un vino “naranja” o “naranjo”, como se prefiere en Argentina, impecablemente trabajado, sin rastro de rusticidad, de perfil herbal, fresco y frutal, con un lejano eco de torrontés.
Sobresaliente también el Cacheuta Cabernet Franc Gran Reserva 2020, un vino que nada tiene que ver con la acepción española del término: solo doce meses en barrica, perfectamente integrados, que respetan el carácter varietal.
Un manejo ejemplar de la madera, extensible al Viña Alta 2021 La Esencia del Sol, criado treinta meses en roble casi imperceptible, de tanino firme pero pulido, fruta madura expresiva y sin los excesos de mermelada que marcaron a algunos tintos argentinos del pasado.
Entre la potencia de la malbec y la elegancia del cabernet franc, me quedo con Altus 2024, de la bodega Gualtallery, elaborado con esta última variedad: una lección de finura y expresión frutal, incluso con el atrevimiento de elaborar el Altus 2024 con una malbec sin crianza en roble con una notable expresión frutal limpio de notas astringentes con una nítida identidad de un malbec fresco y fino.
En definitiva, el tinto argentino ha dejado atrás aquella etapa de potencia confitada, exceso de sol y acidez de altura que conocí hace dos décadas. Hoy ofrece vinos fruto de un trabajo enológico preciso y consciente, donde el blend (el arte del ensamblaje de viníferas) y el uso inteligente del roble acompañan, pero no ocultan, la fruta.
Dos palabras resumen el carácter del vino argentino contemporáneo: altitud, por unos viñedos situados en gran parte por encima de los 900 metros, y latitud, por la descomunal extensión del país, con viñas que se extienden desde Chubut, al sur de Río Negro, cultivadas desde hace apenas 26 años, hasta Salta, en el extremo norte. Entre ambos puntos, más de 2.500 kilómetros y una identidad vinícola cada vez más sólida.
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