Los 100 puntos: Don PX Ginés Liébana 1943
Don PX Ginés Liébana 1943 alcanza la máxima puntuación en la Guía Peñín.
En estos meses se cumplen 50 años del llamado Juicio de París, la cata a ciegas entre los grandes vinos franceses y sus homónimos californianos que acabaría con la hegemonía francesa de los vinos de culto. Fue el primer aviso de que el resto del mundo podían competir con los sagrados vinos de Borgoña y Burdeos.
La cata fue organizada en París por el comerciante británico Steven Spurrier, fallecido en 2021, de cuyo obituario me ocupé en este blog. Spurrier había tenido la ocurrencia de incorporar vinos californianos a su catálogo, pero con escaso interés entre su clientela. No pensó otra cosa mejor que compararlos con los grandes franceses. La ocurrencia acabó convirtiéndose en una pequeña bomba de relojería para el mundo del vino.
Sin embargo, el acontecimiento apenas despertó interés. Franceses y americanos daban por hecho que los vinos galos arrasarían. Ningún periodista francés se molestó en acudir y tampoco los americanos, salvo uno: George M. Taber, corresponsal de Time. Su presencia resultó decisiva. Su crónica llegó a la portada de la revista y convirtió una cata casi doméstica en un acontecimiento internacional. Algo parecido sucedió con Ferrán Adriá cuando apareció en la portada que le dedicó The New York Times Magazine el 10 de agosto de 2003, gracias al periodista Arthur Lubow. En ambos casos, el acontecimiento ya existía, pero faltaba alguien que encendiera el foco. Un foco trascendental como son las grandes cabeceras del periodismo americano.
Portada del libro "Judgment of Paris" de Georige M. Taber.
En 1976, algunas bodegas californianas acudieron prácticamente con el complejo de quien sabe que va a perder, mientras las francesas llegaban con el ego bien planchado. Nadie osaba discutir el poderío de los grandes vinos galos. Burdeos y Borgoña eran las mecas indiscutibles y sus cepas comenzaban a extenderse por todo el mundo como si fueran la plantilla universal para fabricar grandes vinos.
California, además, arrastraba una imagen bastante alejada de la alta aristocracia vinícola. Hasta los años setenta había producido vinos generosos inspirados en los oportos y los jereces, además de elaboraciones ligeras, algo dulces o carbonatadas como lambruscos californianos, winecoolers y chiantis de garrafa. Fue durante aquella década cuando determinadas bodegas comenzaron a destacar imitando, en buena medida, el estilo francés. Pero todavía existía un evidente complejo de inferioridad.
Aquí está, para mí, una de las claves de aquella cata. El gran error de Spurrier fue anunciar que el combate sería entre dos orígenes: Francia contra California. Una pista demasiado evidente. Los nueve catadores franceses acudieron predispuestos, lógicamente, a pensar que sus vinos serían superiores.
Pero había otro factor mucho más importante: la diferencia geoclimática. Los vinos franceses, especialmente algunos de los grandes blancos y tintos, se encontraban en una fase más cerrada de su evolución. Los californianos estaban más hechos, más expresivos y, por tanto, más accesibles en una cata inmediata. Y nadie puntúa demasiado alto lo que promete ser extraordinario dentro de diez años si en ese momento se muestra hermético. Si el jurado hubiera sido más enológico hubiese valorado exclusivamente la estructura potencial, probablemente habría detectado en los franceses una mayor reserva de tanino y acidez. Pero una cata también juzga lo que hay en la copa en ese preciso momento. Y los vinos americanos se encontraban más dispuestos a hablar.
En los blancos de chardonnay, cuatro de los seis primeros puestos correspondieron a California. El segundo fue para un Meursault-Charmes 1973. Pero poner en la misma parrilla un Bâtard-Montrachet de aquella cosecha y un Puligny-Montrachet de 1972 era, desde la perspectiva actual, bastante discutible: a ambos les faltaba tiempo para enseñar todo lo que llevaban dentro. En cuanto a los tintos la diferencia era mínima entre el ganador californiano, Stag´s Leap Wine Cellars 1973 y el segundo Château Mouton Rothschild 1970 seguido de Ch. Haut-Brion 1970 y Ch. Montrose 1970. Es decir, con la diferencia de 6 años entre la cosecha y la cata de los vinos bordeleses posiblemente comenzaban a despertar de su hermetismo.
En mis primeros cuadernos de cata, durante mi viaje a California de 1985, probé algunas de las marcas que habían participado en aquel concurso. Y me sorprendió comprobar que poco tenían que ver todavía con los potentes y alcohólicos vinos californianos que llegarían años más tarde de la mano de Parker-Rolland. Los vinos californianos participantes eran vinos de 12 o 12,5 grados, bastante más próximos al perfil francés y -repito- algo más abiertos y expresivos.
El jurado, por otra parte, no era precisamente de aficionados de fin de semana. Estaba formado por figuras de enorme prestigio: además del propio Spurrier y su socia americana Patricia Gallagher, participaron Raymond Oliver, propietario del restaurante Le Grand Véfour; Christian Vanneque, sumiller de La Tour d'Argent; los más importantes representantes del INAO; el veterano y prestigioso escritor Michel Dovaz; Odette Kahn, directora de La Revue du Vin de France, e incluso Aubert de Villaine, de Domaine de la Romanée-Conti. Un jurado, en definitiva, difícil de descalificar.
No voy a pormenorizar aquí el desarrollo de la cata, porque está en las hemerotecas y se ha contado hasta la saciedad. De todas las referencias que he consultado, americanas y francesas, me sigue pareciendo especialmente interesante el excelente reportaje que Albert Molins publicó hace diez años.
El impacto fue inmediato. Taber acabó escribiendo un libro sobre el acontecimiento y en 2007 y el director Randall Miller llevó la historia al cine con Alan Rickman como protagonista. La película, Guerra de vinos, DVD que conservo en mi biblioteca, tiene bastante de Hollywood y bastante menos de precisión histórica. Pero, curiosamente, la historia real me parece mucho más interesante que la película.
Spurrier llegó a ser excluido durante un año de las catas nacionales francesas. La prensa gala apenas prestó atención al asunto y, cuando lo hizo, fue para poner en duda la seriedad del resultado. Le Figaro, tres meses después, calificó los resultados de «risibles». Seis meses más tarde, Le Monde siguió una línea parecida.
Y era comprensible hasta cierto punto. El problema no era solamente que hubiera ganado California. El problema era que aquella victoria ponía en cuestión una idea mucho más profunda: que los grandes vinos del mundo tenían que proceder necesariamente de las grandes regiones históricas de Europa.
Portada de "Time" del Juicio de París.
Hoy aquella misma cata ya no tendría la trascendencia que tuvo entonces. El nivel medio y alto del vino mundial ha cambiado radicalmente. Las grandes revistas internacionales, desde Wine Spectator y The Wine Advocate hasta Jancis Robinson o Decanter, publican continuamente puntuaciones elevadas para vinos procedentes de países y regiones muy diferentes incluso españoles. Los que entonces parecían intocables ya no lo son.
La verdadera importancia del Juicio de París fue otra: fue el primer gran enfrentamiento público entre vinos premium de dos países con una desigualdad de prestigio aparentemente abismal. Después vendrían otros torneos. Gault et Millau organizó una competición internacional en la que un Gran Coronas Etiqueta Negra 1970 llegó a imponerse a algunos de los grandes nombres de Burdeos. Cuando dirigía la revista Sibaritas, hice algo parecido en varias ocasiones, enfrentando vinos españoles con franceses, portugueses e italianos y utilizando catadores españoles y extranjeros.
Porque, al final, los grandes Burdeos y Borgoñas no ganan todas las competiciones. Ni tienen por qué hacerlo. Lo verdaderamente curioso es que estas derrotas puntuales no han conseguido arañar el mito de los Grands Crus Classés. Sus etiquetas continúan siendo, más que el propio vino en determinadas ocasiones, auténticos objetos de deseo en las subastas y entre los coleccionistas más reputados del mundo. Y quizá ahí esté la gran lección del Juicio de París: una cata puede cambiar la historia del vino, pero no necesariamente cambia la historia de su prestigio que llevaba siglos construyéndolo.
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