Albariño, la gran casta atlántica española
¿Es la albariño la gran uva blanca española? Descubre su origen, sus necesidades y su increíble potencial de guarda.
Hace unos días regresé a Abadía Retuerta después de bastantes años. No encontré al abad ni a los monjes premostratenses que habitaron aquellos muros en la Alta Edad Media, sino a Enrique Valero, CEO de la bodega, y a una de las fusiones más bellas del vino español: las piedras místicas del monasterio integradas con un hotel tan majestuoso y elitista como el parisino Hotel de Crillon y un restaurante distinguido por Michelin.
Pero esto solo es el retrato. Hay más, hay viña, bosque, enología puntera y un trabajo que fue precursor del vino parcelario en España. Mucho antes, en 1978, cuando este cronista recorría la carretera de Valladolid a Aranda, contemplaba la fachada pétrea de la abadía rodeada de caballos, tractores y campos abiertos. En su interior se almacenaban aperos agrícolas, habitaciones de empleados y fardos de paja. Todo aquello pertenecía a Semillas Prodes, igual que la explotación agrícola de Vega Sicilia, cuyos propietarios preferían dedicar la fértil llanura fluvial a cultivos de regadío, mucho más rentables entonces que la viña. Aun así, existía un pequeño viñedo cuyas uvas se elaboraban en un viejo caserón frente a la abadía. Mi intención era comprar seiscientas cajas para el club de vinos que regentaba, operación que desistí tras catar un vino todavía sin etiqueta y escasa calidad.
Convertir aquella explotación agrícola en un auténtico château fue la gran intuición de Sandoz cuando adquirió la finca en 1988 y comenzó a plantar viñedo tres años después. Comprar setecientas hectáreas de monte bajo, pinares y tierras agrícolas para levantar una gran bodega castellana no parecía, en principio, una decisión coherente para una multinacional farmacéutica como Novartis, que más tarde absorbería a Sandoz.
Sin embargo, la libertad de trabajar fuera de una denominación de origen, junto a la ambición de elaborar grandes vinos, justificaba aquella apuesta singular.
A finales de los noventa, Abadía Retuerta afrontaba el difícil reto de vender grandes vinos del Duero sin el respaldo comercial de Ribera del Duero. En aquella época las denominaciones actuaban como una llave maestra del mercado y todo lo que quedaba fuera era considerado poco menos que vino de mesa. La D.O. nunca quiso ampliar sus límites pese a que la finca se encontraba prácticamente pegada a ellos. Cuando se construyó la nueva bodega existía la convicción de que tarde o temprano acabaría integrada en Ribera del Duero. El empaque arquitectónico, la inversión y la calidad del proyecto parecían hacerlo inevitable. No ocurrió así.
La bodega atravesó años comercialmente delicados y tuvo que construir prestigio desde cero, comenzando con vinos jóvenes y asequibles. Recuerdo catar aquellas primeras cosechas para la Guía Peñín en 1997 y 1998, procedentes de un viñedo todavía lozano. Los tintos Primicia y Rívola, intensos de color y frescura, representaban cerca del setenta por ciento de las ventas antes de la aparición de los “cuvée” El Campanario y El Palomar bajo la indicación Tierra de Castilla y León.
Con el tiempo, sin embargo, la fuerza de la marca terminó imponiéndose a la ausencia de denominación. Abadía Retuerta encontró acomodo en la más flexible indicación Castilla y León y finalmente alcanzó el reconocimiento de vino de pago. La mística del lugar, la precisión vitícola y la fe en el suelo acabaron venciendo a las fronteras administrativas.
En el nacimiento del proyecto resultó decisiva la figura de Joan Josep Abó, personaje apasionado y singular al que conocí a finales de los noventa. Su sensibilidad poco tenía que ver con el supuesto rigor frío de una multinacional farmacéutica. Conocía profundamente los grandes vinos franceses, muchos de los cuales importaba desde principios de los años setenta, cuando vender vinos extranjeros en España era casi un acto heroico.
En 1997 un grupo de periodistas fuimos invitados a la inauguración de la nueva bodega. Allí descubrimos toda la experiencia bordelesa de Pascal Delbeck como asesor externo y de Ángel Anocíbar como responsable enológico de la casa. Nos mostraron incluso el sistema “ouillage”, aquel original método de trasiego entre barricas colocadas unas sobre otras.
Delbeck, de aspecto ermitaño, barba poblada y mirada casi eclesiástica, había firmado algunas de las mejores cosechas de Château Ausone, en Saint-Émilion. Comprendió enseguida el enorme potencial de aquellos suelos fluviales. Había que estudiarlos metro a metro. Así nació el trabajo parcelario y las vinificaciones individualizadas.
Pero junto al prestigioso asesor francés resultaba imprescindible una figura entregada al día a día de la finca. Ese papel correspondió a Ángel Anocíbar: inquieto, estudioso y obsesionado con la perfección enológica con la misma intensidad espiritual con la que los antiguos premostratenses buscaron la perfección evangélica.
En mi visita de hace unos días, Abadía Retuerta continúa siendo uno de los retratos vinícolas más bellos de España: un monasterio rodeado de un viñedo impecable que, además de emoción estética, revela la diversidad del suelo mediante una viticultura y una enología de grandes maestros.
La finca se ha transformado en una suerte de Clos de Vougeot castellano, un mosaico de parcelas que confraternizan con el bosque y los diferentes suelos, donde conviven variedades clásicas y otras experimentales como pinot noir o malbec. Un viñedo casi ajardinado nace junto a la fachada de la abadía y asciende lentamente hacia las primeras laderas del valle. Incluso interrumpida por el asfalto de la carretera, la propiedad conserva la armonía visual de las grandes fincas históricas europeas.
Ese complejo de ocio y trabajo tan bien fundido se debe en buena medida a Enrique Valero, sevillano de trato cercano y gran comunicador, impulsor de este deslumbrante espacio de enoturismo de élite frecuentado por un elevado porcentaje de visitantes extranjeros.
Mientras tanto, Ángel Anocíbar continúa laborando desde los orígenes del proyecto con ese corpachón que Dios le ha dado y su mirada bondadosa. Sus vinos no son una simple excusa para visitar la finca, sino motivo de auténtico gozo para los aficionados más exigentes. Algunos alcanzan entre 94 y 96 puntos en la Guía Peñín, probablemente las valoraciones más altas de la Asociación Vinos de Pago de España.
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