Piensa quién está en la mesa y qué es probable que vayáis a comer. Si hay diversidad de gustos, opta por vinos fáciles, equilibrados y versátiles. Si la cena es más íntima puedes optar por algo más personal o atrevido. Por otro lado, un vino demasiado potente puede eclipsar una cena ligera; o uno demasiado complejo puede no ser del gusto de todos.
Cada contexto admite un vino diferente, solo hay que saber interpretarlo.
Pedir ayuda no te resta autoridad, te la da. El sumiller no espera que lo sepas todo; tampoco lo esperes tú de él. Si dudas, pregunta, y cuanto más claro seas con lo que buscas, mejor será la recomendación.
Después de estos consejos, esperamos que la carta de vinos haya dejado de ser ese monstruo indescifrable que parecía al principio. En realidad, casi todas responden a la misma lógica: orden por tipo, por región o por estilo. Una estructura que, una vez entendida, deja de imponer.
No hace falta convertirse en experto. Basta con prestar atención y si dudas, pedir ayuda.
Así que, la próxima vez que el camarero deje la carta sobre la mesa, no mires a los lados esperando a que alguien decida por ti. Confía en lo que has aprendido, porque beber vino no debería ser un motivo de duda, aunque dudes.