Los mejores maridajes con carnes rojas
No todos los vinos tintos van con todos los tipos de carne, te contamos por qué.
Hay bodegas que nunca duermen, ni siquiera de noche. El silencio en ellas casi nunca está vacío. Y la oscuridad no es como cualquier otra. El vino duerme en silencio, pero hay noches en las que parece que algo despierta.
En estas fechas, cuando el velo entre los vinos y los muertos se vuelve delgado como una copa recién pulida, surgen historias que hielan la sangre. Relatos de sombras que se mueven entre las barricas, de voces que se escuchan en la oscuridad. ¿Qué secretos guardan las bodegas cuando se apagan las luces?
En las noches frías de octubre, cuando el aire dentro de las bodegas parece más frío y pesado que nunca, algunos trabajadores afirman haber oído cosas. Otros juran que las han visto. Estas son sus historias.

En una finca escondida entre colinas, una bodega se alza sobre túneles del siglo XVII. Durante el día, los sonidos de los visitantes ocultan cualquier susurro; pero de noche, cuando la última cerradura se cierra, y su eco resuena hasta el último rincón, el silencio se llena de vida.
Los guardias nocturnos hablan de un sonido rítmico, como si algo estuviera goteando. A veces suena un golpe seco, un suspiro o el sonido de unas botas que se arrastran sobre suelo húmedo. Se dice que una cámara de seguridad grabó una sombra que cruzaba el pasillo, aunque no había nadie dentro.
Algunos afirman que son los espíritus de los antiguos monjes que elaboraban el vino allí; pero, la mayoría prefieren no buscarle explicación. Simplemente, dejan una copa servida sobre el último barril por si acaso, y echan a suertes quien hace el turno de noche.
En las entrañas de la viña Concha y Toro, en Chile, el silencio tiene un eco particular. Dicen que si uno baja solo a las viejas cavas, el aire se espesa, la temperatura cae de golpe y una sensación densa se posa sobre los hombros.
A finales del siglo XIX, el fundador de la bodega guardaba en aquellos sótanos su colección privada de vinos más preciados. Pero comenzaron a desaparecer botellas. Nadie sabía cómo. Nadie había visto nada. Hasta que el propio Don Melchor, el dueño, harto de los robos, decidió recurrir a un método tan ingenioso como macabro: difundir el rumor de que el mismísimo diablo habitaba en aquellas cavas.
Y funcionó. Desde aquel día, ningún ladrón volvió a atreverse a poner un pie entre las sombras de los barriles. Pero lo más inquietante es que, incluso cuando el mito debería haberse desvanecido, los rumores no hicieron más que crecer.

A lo largo de los años, visitantes y empleados afirmaron haber escuchado pasos entre los pasillos vacíos, respiraciones en la oscuridad, o haber visto una silueta negra y fugaz deslizándose entre las barricas. El vino seguía allí, intacto. Pero el miedo también.

A principios del siglo XX, un joven enólogo con una reputación impecable y un olfato privilegiado llegó a una bodega francesa con la obsesión de crear el vino perfecto. Pasaba noches enteras entre las barricas, escuchando el burbujeo de la fermentación como si fueran voces que le susurraban.
Estaba obsesionado; no comía, no bebía. Solo pensaba en “el vino que lo cambiaría todo” y en cómo hacerlo. Una mañana cualquiera, el joven no acudió al trabajo y sus empleados solo encontraron una linterna encendida tirada en el suelo y unas huellas que se detenían frente a una pared.
Encima de la mesa del escritorio estaba su cuaderno de notas abierto con una frase escrita a medio acabar:
“Ya me han dicho el secreto…”
Desde entonces, cada 31 de octubre, algunos empleados aseguran escuchar ruidos al otro lado de la pared y aparece una marca húmeda de una copa de vino en la tapa de la barrica donde se fermentaba su última creación.
Cuenta la leyenda que, en una pequeña bodega familiar, se hablaba de un vino que nunca debió existir.
Todo comenzó tras una vendimia angustiosa, en un año en que el clima había sido una autentica desgracia: grandes tormentas, granizos, heladas e incluso, un eclipse lunar. El enólogo convencido de que de ahí saldría un vino singular, decidió fermentar aquellas uvas. Y algo pasó.
Durante la primera cata, el color resultó de lo más llamativo: era rojo y denso, profundo. Y en nariz, desprendía notas metálicas y un leve aroma a tierra húmeda, como si el vino hubiera absorbido la esencia del subsuelo.

Días después, empezaron a ocurrir cosas inexplicables en la bodega. Las barricas hacían ruidos que no tenían explicación; los tapones saltaban solos en mitad de la noche y los sensores de temperatura de los depósitos registraron bajadas bruscas de hasta 10º. Pero, sin duda, lo más inquietante fue que quienes entraban en el área de fermentación aseguraban escuchar un leve murmullo, como un susurro que parecía surgir del interior de las cubas.
El enólogo, asustado, ordenó detener el proceso y sellar las barricas. Al amanecer, una de ellas había reventado y en el suelo había un charco oscuro. Lo que vio el enólogo reflejado en él, nadie lo sabe.
Nunca volvió a producirse ese vino, las barricas fueron retiradas y los registros destruidos. Pero entre los pasillos de la bodega, aún queda una estancia cerrada con llave que encierra la única botella que contiene ese vino maldito.
Cuando se apagan las luces, y el silencio es el rey de las bodegas, ese “otro mundo” que se esconde entre las barricas parece más cercano que nunca. El enoturismo ha cambiado: ya no basta con respirar el roble de la barrica, pasear entre los viñedos y catar un vino excelente. Ahora, algunas bodegas nos invitan a mirar también en el interior de la oscuridad. Si te estás planteando vivir un Halloween diferente y con una copa de vino en la mano, ahora lo tienes a tu alcance.
Otras muchas organizan visitas temáticas para esa noche tan terrorífica. Te invitamos a visitar alguna de estas bodegas de noche, escuchar lo que se esconde detrás de sus muros, descubrir sus secretos más oscuros y dormir con la luz encendida.
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