Los lugares inexplorados, cuando te acercas a ellos por primera vez, suelen traer consigo sentimientos de emoción y aventura. Lo vemos claro cuando viajamos a algún lugar exótico y desconocido, donde el viaje se plantea como una experiencia sensorial trepidante e impredecible. Solo un día de emociones dominadas por lo desconocido nos parece como una semana de vida monótona y monocorde.
A los profesionales del vino nos sucede algo parecido cuando vemos una botella desconocida. Sentimos un hormigueo y, con él, la necesidad de descifrar qué hay detrás de esa misteriosa etiqueta. Muchos productores de toda la vida se frustran por esta obsesión por la novedad, porque a nivel mediático parece darse más pábulo a lo novedoso que a lo de toda la vida. No les falta razón, pero todo esto tiene una explicación científica. Las grandes tecnológicas que dominan el mercado de las redes sociales lo saben muy bien: utilizan la novedad para atraparnos en espacios de microsegundos empaquetados, constantes e inacabables. El famoso scroll infinito.
A nivel periodístico es más fácil hablar de un nuevo proyecto que del vino de siempre. ¿Por qué? Primordialmente porque el lector quiere estar al día de las novedades, igual que ocurre en otros sectores como la industria musical o la textil. Eso no significa que, como consumidores, no tengamos vinos o marcas de bodegas recurrentes. Los valores refugio en el mundo del vino siguen vigentes y cada winelover tiene los suyos propios.
Sucede también entre los profesionales, y aquí añado el adjetivo de «algunos», ya que no a todos les pasa, que tras catar muchos vinos con ciertas similitudes tiendes a enfatizar lo diferente. La rareza te saca de la monotonía. Esto es mucho más evidente en zonas productoras donde no existe una gran diversidad estilística. Esa monocromía te sume en un letargo sensorial del que sales de golpe cuando llega un vino diferente.
¿Nos pasa a los prescriptores por nuestro trabajo diario o hay algo científico detrás de todo esto?