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Vino y queso. Queso y vino. Una de esas combinaciones que damos por hecho, como si viniera escrita en alguna ley no oficial. Nos han enseñado que van de la mano, que son la combinación perfecta. Pero ¿y si te dijéramos que no siempre son tan buenos como crees? ¿Y si esa “pareja perfecta” tiene más de mito que de realidad?
Por eso, aprovechamos este Día del Queso (que se celebrará el próximo 27 de marzo) para abrir la caja de pandora. Hemos venido a cuestionar algo que parece intocable, venimos a desmontar uno de los grandes mitos gastronómicos.
Volviendo a la pregunta inicial, ¿por qué creemos que funcionan bien juntos? Y es que, llevamos siglos advirtiéndolo, aunque no nos hayamos dado cuenta. “Que no te las den con queso” es una frase que no es casualidad y que tiene detrás toda una historia ligada al vino.
Antiguamente se decía que cuando un vino no estaba a la altura, era habitual acompañarlo de una ración de queso. Servirlo antes o durante la cata era común porque intentaban “engañar” el paladar del comprador, que confundido por el queso acababa adquiriendo el vino malo como si fuera de mayor calidad.
¿El motivo? Bastante simple: el queso ayudaba a “disfrazar” el vino. Su grasa y su intensidad recubrían el paladar, suavizando defectos y haciendo que el vino pareciera mejor de lo que realmente era.
No era un maridaje pensado para disfrutar, era más bien una pequeña trampa. La grasa, la intensidad, la textura… todo jugaba a favor de suavizar lo que el vino no podía esconder por sí solo. Así que lo que hoy vemos como una combinación clásica, casi obligatoria cuando vamos a una cata de vinos, puede que empezara siendo un pequeño engaño.
Hasta aquí, todo suena a leyenda urbana o historia curiosa. Pero vamos a lo que nos importa, ¿qué ocurre realmente cuando juntas vino y queso?
La realidad es que no es una mala combinación… pero tampoco es neutra. El vino, sobre todo el tinto, tiene taninos que suele generar una sensación seca, un poco áspera en algunos casos. El queso, en cambio, es graso, cremoso.
¿Qué sucede entonces? Que el queso recubre la boca y apaga parte de los aromas del vino; mientras que los taninos pueden hacer que el queso resulte más seco o potente de lo que es. En lugar de potenciarse, muchas veces se pisan.
Y esto es especialmente importante, si hablamos de la cata. Catar un vino implica atención, limpieza de sensaciones, claridad; quieres percibir matices, detalles y quieres ver el vino tal y como es, sin nada que distorsione lo que estás probando. Y el queso hace justo lo contrario: transforma u oculta.
Después de todo esto, la pregunta es inevitable: si no siempre funcionan, ¿por qué a veces sí lo hacen?
Tomar un queso con vino tinto no es siempre una buena combinación, pero hablamos en términos generales. Pero, como en todo, hay excepciones que nos alejan de las explicaciones más matemáticas. No existe un tipo de vino capaz de armonizar bien con todos los quesos, pero sí podemos hacer unas recomendaciones generales.
Básicamente funcionan cuando hay equilibrio: cuando un vino con buena acidez compensa la grasa de un queso; cuando un queso azul contrasta con un vino dulce o cuando aparece un buen espumoso que corta la grasa y lo cambia todo. Necesitamos que ambos productos se complementen y se potencien el uno al otro.
En el post que le dedicamos el año pasado a este día tan singular, hablamos de algunas combinaciones que os dejarán con buen sabor de boca y os damos algunos tips para montar vuestra propia tabla de quesos personalizada. Puedes profundizar más aquí.
Al final, todo puede resumirse en prueba y error. Ni mito total ni mentira absoluta. Solo una relación compleja, que hay que entender.
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