Roda y Agustín Santolaya, la historia moderna del tempranillo entre Haro y La Horra

6 July 2026

Hablar de Roda no es hablar de una bodega más, es hablar probablemente una de las bodegas boutique más relevantes de la historia reciente del Rioja. No es una bodega centenaria, se trata de la bodega más joven del Barrio de la Estación. Por eso su historia es un ejemplo de adaptación y superación.  

El caso Roda no nace del amor incondicional por una viña, sino del oficio de haber tenido entre las manos algunos de los mejores vinos que se producen en el mundo. Aquí no hay un romanticismo viticultor, ni una improvisación luminaria, hay mucho método, hay selección y hay un profundo conocimiento de la diversidad de viñedos que se pueden encontrar en Rioja.

El farmacéutico que distribuyó grandes vinos

Mario Rotllant, farmacéutico de formación, había entrado en el negocio familiar de los Daurella por la puerta menos vinícola imaginable, la distribución de salmón a través de Copesco & Sefrisa. Sin embargo, fue el vino y no el pescado, quien le cambió el rumbo. Rotllant levantó una de las distribuidoras internacionales más importantes de España, Europvin, con vinos icónicos de España, Italia, Francia (Borgoña, Champaña, etc.), Portugal o Napa Valley en su cartera, además. Sus habilidades exportadoras lo convirtieron en un pionero en la internacionalización del vino patrio, contribuyendo en la construcción del prestigio del vino español en la década de los Noventa.

Y aquí conviene detenerse, porque distribuir lo mejor del planeta no deja indiferente a nadie. Uno acaba queriendo hacer lo propio, y eso es exactamente lo que le ocurrió a Rotllant y la entonces su mujer Carmen Daurella. La amistad con los Muga, cuyos vinos también distribuía, le llevó hasta Haro (Rioja Alta). En 1987 encontraron una viña y un calado que había pertenecido a Gómez Cruzado y lo bautizaron como Bodegas El Calado. Aunque, más tarde el proyecto adoptaría el nombre definitivo: Roda, acrónimo de Rotllant y Daurella. Fernando Remírez de Ganuza firmó el primer vino en 1991, tras probar suerte con enólogos jubilados del Barrio de la Estación que no terminaron de dar con la tecla que Roda buscaba, ya que el problema fundamental venía de un viñedo propio de escasa calidad y potencial.

1992: el punto de inflexión

Agustín Santolaya
Agustín Santolaya

En el año 1992 se incorpora al proyecto Isidro Palacios y Agustín Santolaya, compañeros de máster en viticultura de La Rioja. Santolaya, con apenas veintisiete años, ya había plantado la finca Montesa trabajando junto a José Palacios, padre de Álvaro Palacios. Es a través de este proyecto que conoce a Mario. Inicialmente entra como consultor y cuatro años después asume la dirección general, quedando la viticultura en manos de su compañero Agustín. 

La genialidad de Agustín fue, no tanto su pericia enológica indudable, sino entender que, aunque estaba de moda el viñedo propio y los vinos de finca, se podía crear un gran vino mezclando varios viñedos. Eso sí, realizando previamente un estudio en profundidad de cada uno de ellos para entender su alcance y aporte al conjunto.

Desde este prisma dibuja la idea de vino Roda que casi cuatro décadas más tarde sigue siendo tan reconocible: tintos con cierto peso dirigidos al placer físico antes que, para la abstracción, donde la fruta manda sobre la madera y los taninos se pulen hasta que no quede ni una arista que entorpezca el trago.

Lo interesante, y esto nos parece la clave de todo el relato, es la fecha en la que se tomaron estas decisiones. Mientras media Rioja se rendía a la eficiencia del acero inoxidable, Roda apostaba por la tina de madera. En 1992 ya trabajaban con infusiones de hierbas, cubiertas vegetales entre las cepas y programas de mejora activa de suelos, prácticas que hoy día figuran en cualquier manual de viticultura regenerativa y que entonces sonaban, sencillamente, a rareza. No exageramos si decimos que Roda se adelantó treinta años a un discurso que hoy es bien conocido por todos.

Ese estilo se mantiene hoy con ajustes de perfumista. Pequeños cambios que readaptan el rumbo sin cambiar su esencia: maceraciones algo más cortas, fermentaciones espontáneas, vinificaciones parcela a parcela y un roble nuevo que ronda el tercio del total, con crianzas levemente acortadas. No hablamos de una revisión de la filosofía de la casa, sino de una respuesta técnica a un clima que ha subido la graduación alcohólica y exige una extracción mucho más quirúrgica que la de hace treinta años y también, aunque en menor medida, por un cambio en los hábitos de consumo de los amantes del vino, aunque no lo quieran reconocer.

La producción, deliberadamente artesanal, se sostuvo durante años en torno a las 300.000 botellas. La llegada de Sela y Cirsion, y más recientemente de los blancos, ha llevado la cifra hasta las 400.000.

El salto a la Ribera del Duero: Bodegas La Horra

Crecer dentro de Rioja tenía un techo evidente, así que Roda salió a buscar una segunda zona donde continuar con su trabajo elaborador de tempranillo. Inicialmente se pensó en Toro por su enorme capacidad de guarda, aunque acabaron descartándolo. Arlanza también se quedó fuera por ser demasiado fría, con amargores poco gratos, tal y como reconoce Santolaya. 

Así que dirigieron su mirada a la Ribera del Duero. Inicialmente a los viñedos próximos a Valladolid, que descartaron por ser demasiado arenosos, y finalmente Burgos, que consideraban una zona de mayor nivel: Gumiel, Quintana del Pidio, La Aguilera, Sotillo, Anguix, Pedrosa y, sobre todo, La Horra, donde el proyecto coincidió con un proceso de concentración parcelaria en marcha. 

Rotllant hizo socios a Agustín y a Isidro y abrió el accionariado a dos viticultores con cuarenta hectáreas de viña vieja que entraron con en la sociedad.

La bodega se construyó en dos fases, la nave de elaboración en 2009 y la zona de crianza en 2015, alquilando espacio entre medias para no frenar la producción. Hoy el viñedo se reparte entre La Horra, Roa y Fuentelcésped, con presencia menor en Quintana del Pidio, La Aguilera y Olmedillo. Un dato que a nosotros siempre nos ha llamado la atención es que Corimbo vende a día de hoy más que el propio Roda. El ascenso del proyecto ribereño ha sido incluso más rápido que el de su matriz riojana, algo francamente complicado. Su Corimbo I, procedente de las viñas más viejas, se ha ganado un hueco propio entre los grandes tintos de la Ribera, algo que no está al alcance de muchos bodegueros y con el añadido de que el riojano se dice que sufre más al entrar en Ribera que al revés, por las duras condiciones de cultivo en este rincón de la península.

Caminos paralelos en universos diferentes

Lo que empareja a Roda en Rioja y a Bodegas La Horra en Ribera es su línea argumental: fruta nítida, paso de boca amable y un roble que acompaña sin querer ser protagonista. Es una virtud como pocas cuando el resultado son vinos con cierta golosidad que no renuncian a la complejidad, como ocurre en los mejores Roda I o en Corimbo I, dos referencias que a nuestro juicio están entre lo más consistente que se elabora hoy en sus respectivas denominaciones.

Pero conviene no quedarse solo con la foto bonita. En determinadas añadas cálidas podemos apreciar esa búsqueda de redondez pero que todavía muestra un roble algo presente que pide su tiempo de botella para fundirse del todo. El reto de fondo sigue siendo el mismo que ya afrontó Santolaya en 1992: sostener la fruta y la frescura frente a un clima cada vez más generoso en grado y más avaro en acidez. Por ahora la casa lo resuelve con análisis y método. Habrá que ver, con el paso de las añadas, cómo lo resuelve con el tiempo.

    Escrito por Javier Luengo, director editorial de Peñín

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