Diccionario del vino para “humanos”
Una reflexión sobre el uso de términos franceses y la apuesta por un lenguaje claro y accesible en la descripción del vino.
Hay mujeres que han cambiado o están cambiando las reglas de juego en el mundo del vino en España. Aunque hoy nos pueda parecer que ha pasado un siglo, lo cierto es que antes de ayer el mundo del vino no era precisamente un campo de margaritas para la mujer. Era más bien hostil. Las mujeres que decidieron seguir adelante tuvieron que dedicar mucho más esfuerzo para conseguir un lugar.
Hoy no está aquí para hablarnos de ello, pero M.ª Isabel Mijares fue sin duda una pionera en el campo de la elaboración. Muchos de los muros derribados se lo debemos a figuras como ella. Hay más figuras relevantes como la enóloga Elena Adel, de bodegas Campo Viejo, una mujer que llegó a ser responsable de una de las más grandes bodegas riojanas. Tampoco conviene pasar por alto figuras como la de María José López de Heredia (Viña Tondonia) que en 2004 se hizo con el timón de una de las históricas casas de vino en Rioja. Estas mujeres, y muchas otras más, han servido de inspiración a otras nuevas generaciones que han llegado pisando muy fuerte, aportando todo su conocimiento, personalidad y determinación. Hoy os hablamos de cinco mujeres muy importantes para el devenir del vino en España.
La figura de Sara Pérez ha sido fundamental para entender el peso de la mujer en la progresión de la calidad del vino del último cuarto de siglo. Hija del célebre bodeguero y biólogo Josep Lluis Pérez ha tenido que luchar para solventar el peso y las expectativas que encerraba su apellido en un sector que quizá no estaba preparado para que ella no siguiera la tipología de vinos que embotellaba la bodega familiar.
Con Venus la Universal, Sara Pérez empezaba un nuevo camino no exento de peligros, acercándose a la elaboración de vinos de corte poco intervencionista y con procesos más cercanos a las elaboraciones naturales y ecológicas. La perseverancia y el tiempo han servido para que ella misma fuese abriendo nuevos caminos a futuras mujeres del vino, lanzando un mensaje claro, luchar por lo que uno cree sin importar lo que digan los demás.
Esto es lo que hemos podido ver a lo largo de la evolución de sus vinos conforme los hemos catado año a año. El estilo de Sara en sus vinos coquetea con el concepto que llamamos silvestrismo, acompañado de elaboraciones reductivas que a la larga hacen que el vino pueda evolucionar lentamente a pesar de encontrarse en una zona de clima mediterráneo cálido como es Montsant. Son vinos raciales y con carácter que entendemos reflejan parte de su personalidad.
Si buscamos un contrapeso al rupturismo, la figura de María Vargas resulta indispensable para comprender cómo el liderazgo femenino ha sido capaz de revitalizar y readaptar grandes colosos históricos del vino español. Incorporada muy joven a Marqués de Murrieta de la mano del empresario Vicente Dalmau, Vargas asumió sobre sus hombros el titánico reto de actualizar un clásico riojano del siglo XIX sin traicionar su esencia ni su identidad.
Lejos de la estridencia mediática y manteniendo siempre un perfil de innegable discreción, su particular revolución no ha sido ruidosa, sino que se ha gestado a pie de cepa, interpretando cada parcela de la Finca Ygay con una precisión casi quirúrgica. Esto es algo que hemos podido constatar añada tras añada; la evolución de sus elaboraciones evidencia una búsqueda obsesiva por la perfección, huyendo de las modas pasajeras para afinar perfiles donde la fruta y la crianza alcanzan integraciones milimétricas.
María ha sabido plasmaren Marqués de Murrieta el concepto de clasicismo renovado, apostando por texturas pulidas, una frescura innegociable y una indispensable predisposición a la longevidad.
Son vinos de una armonía intachable que, a nuestro juicio, reflejan perfectamente parte de su personalidad: detrás de una aparente timidez se esconde una profesional metódica, de carácter férreo y brillante, que respira la misma elegancia serena que acaba embotellando.
Si la trayectoria de Sara Pérez representaba la lucha por la identidad y la de María Vargas la maestría del clasicismo, la figura de Mireia Torres personifica la convergencia entre el rigor científico y la sensibilidad por el territorio.
Como miembro de la quinta generación de una de las familias más influyentes del vino, Mireia no se ha limitado a gestionar un legado, sino que ha liderado una transformación silenciosa hacia la sostenibilidad y la innovación técnica. Al frente de proyectos como Jean León y la dirección de innovación de Familia Torres, ha demostrado que la escala de una gran bodega no está reñida con la búsqueda de la singularidad.
En sus elaboraciones hemos observado una clara apuesta por la recuperación de variedades ancestrales, un trabajo de arqueología vitícola que busca soluciones ante el cambio climático para dotar a sus vinos de una frescura y una acidez sorprendentes en el contexto actual. A través de las sucesivas catas de sus vinos de finca, hemos podido apreciar una evolución hacia perfiles más vibrantes y menos marcados por la madera.
El estilo de Mireia huye del artificio. Es una enología de precisión que busca el equilibrio perfecto entre la intervención necesaria y el respeto al ecosistema. Mireia ha conseguido que sus vinos hablen de futuro sin olvidar las raíces, consolidándose como una pieza clave para entender hacia dónde se dirige el sector en términos de ética productiva y excelencia enológica.
Si la trayectoria de las figuras anteriores se movía entre el clasicismo y la vanguardia técnica, la irrupción de Marta Casas en el panorama vitivinícola aporta una conexión espiritual y biológica con la tierra.
Farmacéutica de formación, Marta supo trasladar ese rigor analítico al viñedo de Parés Baltà, pero despojándolo de la frialdad química para abrazar la filosofía de la biodinámica con una convicción absoluta.
Lo que en un principio pudo parecer una apuesta arriesgada en una zona de gran producción como el Penedès, se ha revelado como una de las interpretaciones más honestas del terruño catalán. A través de las sucesivas añadas que hemos catado, hemos sido testigos de cómo sus vinos han ganado en pureza y vibración.
El estilo de Marta huye de la opulencia para centrarse en la textura y la verticalidad. Es una enología de observación más que de intervención, donde la paciencia juega un papel determinante.
Al catar sus vinos, percibimos esa misma serenidad y coherencia que emana de su discurso; una personalidad que no necesita alzar la voz para imponer su criterio, sino que prefiere que sea la vitalidad del suelo la que hable en la copa. Marta Casas ha demostrado que la sostenibilidad no es un marchamo comercial, sino una forma de entender la vida.
Si el Marco de Jerez ha logrado sacudirse el polvo del inmovilismo para mirar al futuro, gran parte del mérito recae en figuras como Montse Molina.
Desde su llegada a Barbadillo a finales de los Noventa, esta enóloga catalana, ha sabido marcar el rumbo de una de las bodegas más emblemáticas de Sanlúcar con una mezcla inusual de respeto histórico con la búsqueda del desarrollo del Marco más actual. Su reto no era menor: gestionar un patrimonio líquido de miles de botas manteniendo la identidad de la casa, mientras exploraba nuevos horizontes en los vinos blancos tranquilos de la tierra de Cádiz. Montse ha conseguido que la finura sea el hilo conductor de toda su gama, desde los vinos más accesibles hasta las sacas más exclusivas de reliquias familiares.
El estilo de Montse en sus vinos huye de la pesadez y busca la transparencia del suelo de albariza. Bajo su dirección, la casa ha apostado por la dignificación de los vinos de pasto, al ir más allá del blanco tradicional seco que también elaboró históricamente la bodega.
En esta nueva etapa, los blancos de palomino han cobrado una nueva dimensión de seriedad y potencial de guarda, desafiando la idea de que el Marco solo vive de sus encabezados.
Estas seis creadoras son la prueba de que el vino en España ya no se entiende sin la mirada femenina. Lo que comenzó como un camino de resistencia frente a un entorno hostil, se ha transformado en un liderazgo lleno de precisión, sensibilidad y respeto por el origen.
Desde la rebeldía del Montsant hasta la salinidad de Sanlúcar, estas mujeres no solo han derribado muros, han construido puentes hacia un futuro más sostenible y auténtico. Hoy, la mujer no es solo una figura relevante en la bodega: es el motor del cambio y la garantía de que el vino español seguirá teniendo alma, carácter y, sobre todo, una historia fascinante que contar en cada copa.
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