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Si decimos “maceración carbónica” seguro que a muchos le suena a experimento de laboratorio, a algo de gases, probetas y batas blancas. Y nada más lejos de la realidad. Detrás de este nombre que parece ciencia, se esconde el más joven y vivaz de los vinos. Hoy te contamos un poco más sobre los vinos de maceración carbónica.
La verdad es que su nombre impone respeto; maceración carbónica podría aparecer escrito en cualquier manual de química, junto a fórmulas y ecuaciones. Sin embargo, lo que esconce es la expresión más juvenil y frutal del vino. Los vinos de maceración carbónica son los benjamines de la familia, el más fresco, natural y fiestero del grupo.
La maceración carbónica consiste en fermentar racimos enteros de uvas en un ambiente con una mínima cantidad de oxígeno; permitiendo que la fermentación se lleve a cabo desde el interior de cada uva. Para que nos entendamos, en lugar de prensar y exprimir las uvas, en este proceso se las deja fermentar enteras y ellas solitas hacen todo el trabajo. El resultado de esto es pura frescura. Salen vinos luminosos jóvenes, suaves, con tonos violáceos y sabores y aromas a frambuesa, cereza y flores. Son tan ligeros y aromáticos que piden a gritos un descorche rápido.
Y, ¡estás de suerte! Estamos en el momento perfecto para disfrutar de ellos. Entre noviembre y febrero (tres o cuatro meses después de la vendimia) es cuando alcanzan su punto ideal, conservan su espíritu juguetón y esa frescura que los hace irresistibles. Estos vinos no están hechos para esperar, son de los que viven en el presente.
¿Y cómo lo puedes tomar? Pues bien frío (a unos 14ºc) y con lo que quieras. Si existe un vino versátil, es este. Una tabla de embutidos y quesos cremosos, tacos, pizzas o hamburguesas; en resumen, cualquier cosa que tengas en la nevera que no necesite horas de cocción.
El Beaujolais Nouveau es un vino joven francés que se caracteriza por un proceso de elaboración rápido. ¿Te suena? Así es, en Francia tienen sus propios vinos de maceración carbónica que, además, son los protagonistas de una de las fiestas tradicionales más llamativas del país.
El tercer jueves de noviembre, las copas se llenan de vinos con colores violáceos y luminosos y los brindis suenan al ritmo de: “le Beaujolais Nouveau est arrivé!”.
¿De dónde viene todo esto? En resumen: la historia comienza en 1951, con la evolución de la normativa sobre la venta de vinos de ese año en Beaujolais (región francesa situada al sur de Borgoña). El decreto publicado un día de marzo de ese año especifica que los productores solo estaban autorizados a sacar los vinos de sus bodegas a partir del 15 de diciembre. Los viticultores de los Beaujolais Nouveau se rebelan contra esta publicación porque querían vender sus vinos cuanto antes, y consiguieron que aceptaran su solicitud. Y, así, el 13 de noviembre de ese mismo año, se publica una nota administrativa que permite la comercialización controlada de determinados vinos.
Años después, se desarrollaron diferentes estrategias de marketing alrededor de este tema. Por ejemplo, a principios de los años 60, George Duboeuf comerciante de vinos francés y conocido como “el rey de Beaujolais”, propuso con concurso para ver quién podía llevar la primera botella de su vino a París más rápido.
Y el resto, ya lo conocemos. Celebraciones y fiestas en torno a este singular vino se fueron extendiendo más allá de las fronteras francesas. En España, por ejemplo, tenemos La Embutada, fiesta del Vino Joven de Tarragona o las celebradas en La Rioja o Navarra donde las calles se llenan de música, parrilladas y copas que no dejan de llenarse y chocar entre sí.
Una celebración sin pretensiones, donde el vino es el protagonista y el símbolo del aquí y ahora. En el fondo, estas celebraciones son la mejor metáfora de la maceración carbónica: inmediatez, disfrute, alegría y vivir el presente.
Hay vinos que nacen para la reflexión y las sobremesas infinitas y otros para el placer inmediato. Y su momento es ahora, justo cuando parece que el mundo parece necesitar cosas más fáciles y simples.
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