La idea partió de José Luís y Sonia en su bodega familiar Pascual Fernández. Como nos explicó José Luís tras interesarnos por un vino que había brillado con luz propia en nuestra cata de los vinos de la zona, “todo elaborador tiene en mente la pretensión de hacer su mejor vino”. Su punto de partida era embotellar “el gran vino, ese que todos tenemos en mente y que seguramente saldrá de un viñedo viejo, aunque un viñedo viejo no sea garantía de nada”. Con esta idea en el horizonte decidieron ir poco a poco buscando las mejores plantas de cada varietal; los mejores ejemplares de bruñal, mandó, juan garcía, etc. Se seleccionaron 1857 cepas viejas y fue esta selección de plantas la que marcó la proporción final del vino. La elaboración no tiene gran misterio; maceración prefermentativa en frío mientras entrababan las uvas protagonistas, antes de iniciar la fermentación todas juntas. Se crio en barricas de roble francés durante 18 meses, para posteriormente reposar en botella durante 36 meses.
Nos encontramos ante un vino tradicional renovado donde se ha buscado plasmar el terreno y su tradición elaboradora, pero con el objetivo de hacer el mejor vino y de trascender en su lugar de origen.
Este vino ha de alentar a muchos otros productores a buscar la excelencia en sus tierras a través de su historia y con la ambición de trascender en el sector con vinos gigantes. Se trata de un ejemplo de motivación, convencimiento y tesón de hacer las cosas mejor que bien, y todo ello haciendo lo que a uno le gusta, más allá de modas o estilos impuestos por terceros.