Por el contrario, en zonas cálidas con muchas horas de sol al día, la uva acumula más azúcar y los aromas se vuelven maduros, cálidos, casi confitados.
El suelo y el agua: aunque el suelo no transmite sabor de una fruta a otra como tal, influye de manera indirecta a través de la hidratación y el calor. Los suelos que retienen poca agua adelantan la maduración frutal y obligan a la planta a concentrar sus jugos, dando uvas más pequeñas, pero con aromas frutales muy concentrados y densos. Si el suelo es más fresco y húmedo, la fruta del vino será más ligera, más fresca.
¿Qué frutas buscar en cada vino?
La fruta en el vino no es estática; se mueve, madura y se transforma. Para entender qué hay dentro de una copa, hay que entender en qué momento de su vida está el vino.
En los vinos jóvenes la fruta nos recibe con su cara más fresca. Tienen la energía de una manzana verde, un gajo de limón o una frambuesa. En vinos con crianza corta la fruta se asienta, pierde ese punto ácido y aparecen aromas a frutas carnosas y maduras, como una ciruela. Finalmente, en vinos de guarda o reserva, la fruta fresca desaparece por completo y aparece la “fruta cocinada”. El oxígeno y los años transforman los aromas a mermeladas, pasas o higos secos.
Teniendo esto en cuenta, te diremos qué fruta buscar en cada vino:
- VINOS BLANCOS: son el territorio de la fruta blanca (pera, manzana, melón) y los cítricos (limón, pomelo en zonas más frescas). Si el vino viene de una zona cálida o ha tenido algo de madera pueden aparecer frutas de hueso (melocotón, albaricoque) o frutas escarchadas.