El talento en el vino
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Los que escribimos del vino nos gusta citar o entrevistar a los bodegueros, enólogos y sumilleres pero que un periodista entreviste a otro periodista no es tan corriente. De nuestros colegas solo sabemos dónde escriben y la superficialidad verbal cuando nos vemos en un encuentro profesional.
En mi último libro Mis Memorias del Vino he sentido más satisfacción en radiografiar el perfil humano de los que hacen el vino, de los que lo sirven y de los que lo escriben. De este último grupo está Carlos Delgado (1941), un veterano escritor y periodista que tuvo siempre la habilidad de saber escaparse de los compromisos de las empresas vitivinícolas y de no participar en los corrillos de periodistas afines al vino que le restara tiempo para acudir al gimnasio, escribir poemas o tocar el piano en su casa. No era su intención mantener su prestigio con sus ausencias más que con sus presencias. A cualquier periodista mundial que representara un medio de tal envergadura como El País, le hubiera sido muy difícil no aceptar las invitaciones de la vida social del vino. Todo ello fue un muro para conocer otras facetas ignotas de su vida.
En esta ocasión resumo el capítulo de mi libro sobre este personaje y añado una parte que no apareció por razones de espacio.
Si alguna vez se pasea por el parque del Retiro y ve saltar a un octogenario moviendo los brazos y retorciendo su cuerpo ese es Carlos Delgado. Ese que todas las semanas desde los Ochenta publica la crítica vinícola en El País. No existe en España un articulista que haya colaborado tanto tiempo en un medio generalista y por algo será.
En una ocasión le retraté como el Mick Jagger del vino por su vitalidad y fibrosidad al que no le sobra un gramo de grasa.
Un personaje al que aún le queda cuerda para ir al gimnasio para preservar su cinturón negro “tercer dan”, mantener vivo el músculo y después tocar el saxofón, el violín y el piano. La música le inunda el corazón como una vocación frustrada recogida por su hijo Alexis como pianista consagrado. A sus hijos les transmitió la cultura del pentagrama enseñándoles sus pautas. Y le viene de familia.
Su madre Dolores González fue soprano y pianista, y de su padre, que fue pintor, algún reflejo le ha quedado dedicando una parte de su vida a este arte. Para Carlos Delgado el vino ha sido y es simplemente un instrumento de supervivencia. Vive el vino como fenómeno cultural y menos como una vocación.
Mi primer encuentro con el personaje fue en el laboratorio de Isabel Mijares a finales de los 70. Dirigía la revista Ciudadanos con el escritor y periodista Manolo Saco llevando unos vinos para que Isabel los analizara para un reportaje en la revista. Eran los años de dudas analíticas cuando el fraude todavía asomaba en el vino español. Cuando dirigí Sibaritas siempre que él podía acudía a las catas a ciegas.
“Podía haber escrito de toros o de cualquier otra materia -me cuenta Delgado-. Mi vida en el vino ha sido siempre así. Mis críticas son amables porque lo que publico son los vinos que me más gustan. No soy un crítico al uso. Suelo descorchar una botella y voy viendo su evolución probándolo varias veces y en varios días. En el vino siempre me he considerado un advenedizo”.
Aun así, en 1989 participó en la fundación de Slow Food, donde ha sido vicepresidente internacional y presidente nacional.
Delgado pertenece a una época cuando los periodistas y escritores utilizábamos los heterónimos. Como escritor utiliza el seudónimo de Carlos Boves, como escritor político Carlos Tuya y en el vino Carlos Delgado. De los 32 libros publicados 8 son enogastronómicos, 9 de poesía y el resto políticos.
“Yo estuve en el partido comunista y participé en la creación del Sindicato Democrático Universitario en el año 1960. Tengo muchas vivencias de clandestinidad en la lucha contra el franquismo. Hice periodismo como otros muchos donde éramos como infiltrados en la prensa de aquel régimen porque nunca he entendido el periodismo de nómina. Sin embargo, yo quería ser escritor, en una época donde todos los periodistas éramos escritores frustrados. Empecé a trabajar, me pagué en Barcelona los estudios de ciencias política y económicas y en la escuela de periodismo que, en esa época, solo se impartía en Barcelona y en Madrid. En Barcelona trabajé en el periódico Solidaridad Nacional adscrito al régimen en donde coincidí con Manolo Vázquez Montalbán. Me vine a Madrid, y trabajé en el rotativo Pueblo y después en Informaciones con Miguel Ángel Aguilar e incluso en el periódico Marca me dediqué al deporte. Mi relación con el escritor y periodista Manolo Saco fue muy buena desde los comienzos de la revista Ciudadanos. Nos hicimos íntimos amigos incluso después de cerrarse esta publicación que era del grupo editorial de la revista política Posible en donde hice crítica teatral. Cuando la cierran yo me quedo en el aire y como eran la misma empresa me cogieron para colaborar con Ciudadanos que nació con vocación de chivarse de las cosas malas que consumíamos y de ahí pasé ser el redactor jefe con Saco. Llegamos a hacer una especie de asociación ayudándonos el uno al otro en nuestros proyectos”.
“Manolo Vázquez Montalbán y yo empezamos con 18 o 19 años juntos. Ambos ya éramos escritores, pero él triunfó como escritor y yo no. En los Setenta, con cierta sangre del vino en mis venas, quise aportar esa dimensión literaria y culta que faltaba en esa bebida. Todo lo que se hacía era desde una visión técnica, todo muy repetitivo. En ninguna de estas facetas he triunfado plenamente como para dedicarme totalmente a ello, ni siquiera el periodismo porque en realidad tampoco tuve una ambición clara. Mi vida habría cambiado completamente si en vez de obtener un premio Fernando Fernán Gómez con “Las bicicletas son para el verano” me lo dan a mí con “Pasión y muerte de Cayetano Ripoll”.
Le pregunté por qué no profundizó como escritor literario. Me respondió que por los desengaños que tuvo. Sospecho que por su actitud Carlos no era proclive a la paciencia en su afán de explorar otros vericuetos. Los éxitos suelen exhibirse, pero Carlos, armado de una autoestima no esconde sus frustraciones públicamente.
Carlos Delgado tocando el saxofón.
“Siempre me quedé a las puertas del éxito, es la puta realidad. Escribí una obra de teatro y la envío a un concurso en la que quedé finalista. Escribo un libro de poesía, lo mandé a la editorial Canal, después de firmar el contrato y a nada de publicarlo despiden al director y el libro no se publica. Pero bueno al final he llegado a escribir 5 libros de poesía, 3 con editorial y los otros dos autopublicados. Escribí una obra de teatro, llamada “Los tres reinos” y que estaba basada en una obra de Trotsky. La envié al festival internacional de teatro de Sitges y la seleccionan. Pero la moda en aquel momento en el teatro era diferente y yo estaba en una onda distinta así que no se llegó a nada”.
Cuando se rebasa los 55 años de edad uno se suele cubrir de cierta intransigencia de tal modo que si existe algún problema abandona irremisiblemente. La práctica del abandonismo le sucedió a Delgado cuando unos años antes entabla negociaciones con Luis Magaña, el editor de Vino y Gastronomía para dirigir la revista. Su relación acabó cuando observa ciertas sombras sobre la gestión económica y se va. Me confiesa que nunca le han echado. Más bien suele abandonar los proyectos y una de las razones es el cansancio basado en el rutinismo que va en contra de su carácter.
Imagen de Carlos Delgado.
Delgado fue un tardío empresario cuando funda Opus One en 1996 con Manolo Saco y que llegó a contar con 20 empleados. Su condición progresista y libertaria tenía una mirada social con ellos hasta el punto de si para él las tardes eran sagradas y ociosas, lo trasladaría a sus empleados con el mismo beneficio. No escapó de su vocación literaria editando en el año 1998 una revista cultural sobre gastronomía, vinos y puros que se llamó Archigula, una revista preciosa de excelente contenido de un gran número de escritores que, en su mayoría, guardan en su memoria algún rescoldo sobre la cocina y sus humanidades. Como era de esperar, la contraprestación publicitaria era pobre con un final predecible como sucede en España en lo que respecta la rentabilidad publicitaria en los medios culturales. “Nunca se ha conseguido buena publicidad de la revista, siempre ha tenido un gasto altísimo y acabó muriendo”.
A sus 84 años bien ejercitados, aún sigue dando guerra con el espíritu de algún proyecto en ciernes.
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